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09/07/2015 :: CUENTO
Yo maté a Bolaño, por Jorge Salavert
Colaboración desde Australia
JORGE SALAVERT se gana la vida como traductor e intérprete en Canberra, Australia. Colaborador de diversas revistas literarias, escribe relatos y poesía en castellano, inglés y catalán. Emigrante por vocación, actualmente es Vicepresidente de la Asociación de Escritores Multiculturales de Australia. Mantiene tres blogs, The Clea Salavert Library, Timeless Swoon y Notas Literarias, y es editor de Hypallage.
Links de sus blogs 

Clea Salavert Library
Timeless Swoon
Notas Literarias

Yo maté a Bolaño


En realidad, pienso que fue fácil. Y nunca me cupo duda alguna de que fuera necesario. Y hoy, en este día 23 de abril del año 2015, escribo estas líneas para que todo el mundo lo sepa, porque en el fondo, tengo la absoluta certeza de que es más que probable que nunca se llegue a conocer la verdad; mi verdad. Sé que es casi imposible que algún día aparezca mi nombre en el sitio que merece; que, como hubiese sido debido, figure mi nombre inscrito en los anales de la historia oficial de la literatura en lengua española.

Esa es, probablemente, la única razón por la que me decidí a escribir estas líneas. No busco ni el dinero ni la gloria, sino que sencillamente, quisiera que alguien, en alguna parte, me otorgue el reconocimiento que quizás yo merezca, ya no por el acto (el crimen, dirán algunos, los más recatados o los muchos que veneran al genio, al ladrón chilota) del que creo que fui autor.

Así es: tengo la casi firme creencia de que yo soy quien mató a Roberto Bolaño. Apenas albergo al respecto alguna pequeña duda que carece de importancia; pienso que es casi seguro que yo fui quien puso fin a su vida, quien logró poner el punto final a su creación literaria.

No vaya a creer el lector que lo maté con mis propias manos. No, eso está harto claro. Cómo murió el chilota, ya lo sabe todo el mundo: sí, el tipo murió en un hospital, esperando un trasplante de hígado que nunca le llegó. Esa es la versión oficial: quien así lo quiera, podrá creer que es la auténtica, aunque diste mucho de la realidad de los hechos, tal como yo los recuerdo. Pero en literatura, todos lo sabemos, y el propio Bolaño me lo comentó en más de una ocasión, toda realidad es ficción, y toda ficción es, a fin de cuentas, una realidad. Una de muchas. Y ésta es la mía.

El muy pendejo ya estaba condenado cuando lo sentencié a muerte una mañana del mes de octubre de 1995, en un tren de cercanías de Barcelona. Nunca se lo hice saber, claro está. Porque, aun si se lo hubiera dicho, se habría reído de mí. Quizá tuviese Bolaño el hígado hecho una mierda por el alcohol de baratillo que ingería todas las noches – varios tetrabriks a la semana de ese infame vino rosado Don Simón, y alguna que otra botella de brandy Soberano o Anís del Mono. No nos rasguemos las vestiduras: para eso le daba la profesión de escritor por entonces, y poco más.

Y además, qué carajo, el tipo fumaba como un cosaco; inhalaba el humo como si el tabaco fuese para sus pulmones el oxígeno que precisaba para vivir, lo hacía con unas ansias irrefrenables. De modo que, en cierto modo, podría decirse que Bolaño ya estaba como a mitad de camino de la muerte cuando me conoció. Digamos que estaba más allá que acá, que era casi un muerto viviente; pero ha de reconocerse que, como buen testarudo chileno, no se iba a entregar así como así a la derrota vital final, la última derrota, la definitiva.

Incluso entonces, allá por la mitad de la última década del siglo —una década, por lo demás, prodigiosa por lo que él escribió, es decir, por lo que probablemente me robó a mí— Bolaño luchaba contra la muerte que lo estaba atrapando, y lo hacía con uñas y dientes, luchar él, me refiero, no a la muerte. Mas debo dejar bien claro un dato, no vaya a ser que la historia —y el lector— me juzgue y me condene: quiero que se sepa que lo que me hizo fue imperdonable; y fue por eso que no tuve otra opción. Matarlo nomás.

Lo hice a mi manera, haciendo uso de secretos recursos que yo tenía bien a mano, y sin derramamiento de sangre alguna. Confieso que desde bien pequeño mi abuela Nora, q.e.p.d., trató de instruirme en las malas artes de la magia negra y la nigromancia, e incluso me enseñó a preparar algunos maleficios y a ejecutarlos. Fue gracias a eso que pude ajusticiar a ese chileno huevón, a ese confesado ladrón de libros, también de los míos, de los libros que nunca llegué a escribir.

Que nadie piense que los maleficios que mi abuela me dejó en herencia son tan efectivos que surtan efecto de la noche a la mañana. No, no. Nada de eso. Mucha gente se piensa que la magia negra es algo tan efectivo que uno puede matar a alguien a los cinco minutos. Quien necesite un servicio de esta naturaleza, mejor se procure un sicario colombiano, con una buena pipa del calibre 9mm y su silenciador, y que se asegure de que vaya bien cargadito de farlopa, por lo que pueda pasar.

Puede que usted sea un lector incrédulo, y seguro estoy que se preguntará: ¿cómo pude yo matar a Bolaño? Digamos que lo maté dándole lumbre en un tren barcelonés.

Mi bisabuela Nora pasó la infancia en La Habana, donde nuestra familia, una buena familia catalana, con sus negocios, tenía varias personas a su servicio. Entre ellas estuvo una asistenta, una mulata resabiada, muy aviesa, de quien se rumorearon algunos escarceos amorosos con mi tatarabuelo, Don Segundo, quien no llegó a regresar a España con el resto de familia cuando se perdió la última de las colonias del decadente imperio español. Volvieron a Barcelona ya bien entrado el siglo XX, y se acomodaron en el barrio de Gracia.

Muerto de una extraña enfermedad de la cual los médicos no pudieron dar explicación alguna, don Segundo quedó enterrado en Cuba. Mi bisabuela Nora, sin embargo, vivió hasta los 98 años, y según las vecinas que tenía la familia por aquellos años, lo más gracioso que tenía ella era oírla hablar catalán con un cierto deje cubano en el acento: «La meva filla, que s’ha posat maluca». La guerra terminó por arruinar más si cabe a nuestra ya decadente familia, y para 1950, la casona familiar sita en el carrer Muntaner ya había pasado a la historia. A nuestra historia, que por lo que se ve, a nadie le interesa.

Y puede que el lector se pregunte, que cómo conocí a Bolaño. Pues yo le digo, ¡más exacto sería decir, que cómo me conoció Bolaño a mí! Es por esto precisamente que escribo estas líneas, para dejar constancia escrita de que Bolaño me robó los libros, que en realidad fui yo quien iluminó su genio creativo; fui yo quien en nuestras animadas conversaciones ferroviarias le di lo necesario para que él dejase al mundo las obras por las que él ha pasado a la posteridad. Lo que lamento y no puedo perdonar, ni a él ni a mí mismo, es que no fuese yo el que las escribió. Por eso acabé con él, ese zascandil, ese manilargo bibliorratero.

Fueron varios nuestros encuentros, a cada cual más fructífero para él, pero en mi memoria ha quedado para siempre firmemente grabado el primero de todos, en un vagón de cercanías para fumadores —por aquel entonces, España fumaba en cualquier parte— cerca de Barcelona. Estaba yo sentado junto a la ventanilla, leyendo El perseguidor y otros cuentos, cuando se sentó él justo enfrente. También a Bolaño le gustaba sentarse junto a la ventanilla. Me preguntó cuál de los cuentos estaba leyendo, y yo le respondí: ‘Casa tomada’. «Gran cuento ese», me dijo. Por el acento noté que mi interlocutor era chileno. «Eres chileno», le dije, una aseveración sin conceder terreno alguno. Por entonces yo tuteaba a todo dios, no como ahora que me ha dado por utilizar el usted incluso con los jovencitos imberbes que acuden al primer año de carrera a la facultad.

Le comenté que yo había estado en Chile apenas hacía dos años, que había recorrido una buena parte del país, de Santiago hasta Calama. Qué gran país, Chile, le dije, «¿No lo extraña?». Bolaño se encogió de hombros, pareció no darse por aludido, y quiso cambiar de tema. Me preguntó si yo escribía.
«En realidad, no», le contesté. Me apresuré a añadir que, bueno, en realidad sí, que tenía ciertas aspiraciones literarias, y que leía mucha literatura que era, al menos eso era lo que pensaba yo, muy buena.

Fue en uno de esos viajes paralelos al litoral de la Costa Brava, que a él tanto le agradaba, que le hablé de una idea que me rondaba la cabeza. «Quisiera escribir un tratado literario que sea todo él falso, ¿me entiendes? Inventarme un estudio de crítica literaria, que en realidad sea todo él ficción.»

El chilota se llevó otro pito, como él decía, a la boca, lo prendió y disparó su pregunta a bocajarro: «¿Y de qué literatura piensas crear ese estudio? Quiero decir, la idea es muy buena, pero tienes que hacerlo de tal manera que engatuses al lector, que le hagas creer que todos los autores que reseñes y comentes, existieron de verdad, ¿me entiendes?»

Yo le dije que el proyecto lo tenía casi perfilado, y que barajaba dos opciones. La primera era la biografía ficticia de una poeta («poetisa», le dije en aquella época) española, una literata que fue amante secreta del general Franco, quien la obligó a abortar a principios de la década de los 50 y de quien el régimen borró hábilmente toda existencia, con la colaboración desinteresada de la CIA.

La segunda, de la que no le di muchos detalles, era mucho más ambiciosa. Le pregunté si tenía algunos datos que pudiera darme sobre la presencia de nazis huidos a la Argentina y al propio Chile. Su respuesta fue un tanto desganada. Comentó algo acerca de una Villa Alemana, cercana a Santiago, pero poco más. Como para él, los nazis eran un tema candente en mi ánimo.

En otra de las ocasiones en que coincidimos en el tren camino de Sants le hablé de una obra de John Webster que había leído por entonces. Webster fue un dramaturgo inglés coetáneo a Shakespeare, a quien el bardo había oscurecido. Se trataba de La Duquesa de Amalfi, una lóbrega tragedia en la que la crueldad y el horror son tan protagonistas como la locura y los celos. Dijo que esos eran temas muy buenos para la ficción. Recuerdo que aquel día Bolaño me habló de Ciudad Juárez, de sus experiencias en México, de los innumerables crímenes y el terror que se vivía cerca de la frontera. Es muy posible que ese día naciera en su mente la idea de darle al personaje de Los sinsabores del verdadero policía y de 2666 el nombre de Amalfitano. ¿Quién sabe?

A pesar de todo, el chilota era un tipo afable, toda conversación con él era más que placentera: era muy sugestiva, pues si algo tenía Bolaño era el don de las palabras, ese don que, o bien me robó él, o bien lo desaproveché yo en las contadas conversaciones que mantuvimos sobre los raíles de RENFE en las tierras catalanas. Pienso que en ocasiones él me provocaba, más que nada para sonsacarme cosas, ideas, imágenes que luego él adaptaría en sus libros. En uno de esos viajes me preguntó sobre mis estudios, si había aprendido algo de los libros que estudiaba en la universidad. «En la facultad no se aprende casi nada», le dije. Y añadí: «No te lo vas a creer» le dije, «pero durante una época, cuando ya había terminado los estudios en la facultad, tuve colgados varios libros de texto de la carrera de un cordel, así, a la intemperie, en el balcón de mi casa.» El chilota me rió la gracia, una anécdota que, por supuesto, era cierta.

A decir verdad, él era un tipo con quien se podían compartir cosas, y en más de una ocasión me pidió consejo. Una vez me confió que sospechaba de un amigo suyo, un literato al que se refirió como Javier, “català com tu”, añadió en un acento bastante bueno para un sudamericano. «La traición suele venir de los sumisos», le dije, «Mejor no confíes en ellos».

Del resto de nuestras pláticas, los recuerdos son ahora imprecisos, vagos. Adaptadas al traqueteo de los vagones, nuestras palabras iban surgiendo en torno a ideas enloquecedoras, como una que yo le propuse: construir una cometa gigante que fuera un poema, y hacerlo volar sobre la playa de Sitges. «Poesía visual celestial», creo que le dije entre risas justo cuando nos aprestábamos a bajar del tren aquel día, creo que fue en mayo, ya en el centro de la ciudad condal. Sospecho que esa idea, que yo compartí con él, mientras el tren traqueteaba el litoral mediterráneo que tanto le gustaba, la transformó luego en otra suya, de la que muy posiblemente concibió Estrella distante, y a ese piloto nazi loco que escribía la muerte entre las nubes entre los Andes y el Pacífico.
En uno de nuestros últimos encuentros (que fueron más de cinco y menos de quince, y a lo sumo duraban siempre entre veinte y treinta minutos, cuando el tren llegaba con retraso – pues, tan pronto arribábamos a Sants, el chileno se iba a sus quehaceres, y yo a los míos) me comentó que le habían dado un premio por un libro de poesía. Aquello no me dejó indiferente. Le pedí más detalles, y me dijo que era el premio de poesía de la ciudad de Irún. Le felicité, claro está. También le dije que ya era hora de que nos hicieran una foto juntos. De buenas maneras me dijo que ni hablar. «A todo el mundo le gusta que lo fotografíen», le dije yo. «A mí no tanto, sabes, me jode mucho la unanimidad», me respondió.

Fue en otra de aquellas mañanas que le di el finiquito. Me había dado por indagar un poquito en sus afectos políticos locales. Curioseé en su apreciación por lo catalán. La Cataluña donde él vivía, me vino a decir, era una gran novela coral. Rasqué un poquito más debajo de la superficie: «Escolta, Roberto, ¿ja ho parles, el català?» Se encogió de hombros y sacó del bolsillo de la campera otro de sus pitos. Aproveché ese momento para sacar la caja de fósforos y ofrecerle la lumbre que habría de matarlo unos cuantos años después. Me agradeció, el muy huevón, que le diera el fuego en el que iba el maleficio que mi bisabuela Nora me enseñó a preparar en una cerilla. Qué fácil fue dárselo.
Ahora, con el paso de los años, mi memoria empieza ya a flaquear y me asaltan las incertidumbres sobre la veracidad de lo que recuerdo y lo que escribo. Y conforme van pasando los meses y los años, y se acerca el final, mi final, inevitable pero a un tiempo deseado, confieso que hay una duda, grande e ineludible, que destaca sobre todas las demás. ¿Fui yo el perdedor en esta historia? ¿O acaso fuimos todos los que luego adoramos sus libros los verdaderos perdedores?
No me queda claro del todo si Bolaño solamente se mostraba educado y me daba coba con mis disquisiciones y ficciones, o si tomaba nota mental de mis ocurrencias y de las imaginaciones a las que yo daba voz en aquel tren de cercanías. ¿Me robó el chileno los argumentos? ¿O simplemente se sirvió él de lo poco que yo pude donarle para que él le diera rienda suelta a su ingenio? ¿Maté yo a Bolaño, al gran genio? Y si fue así, ¿maté al chilota porque me robó mis obras, mis libros, mis esbozos de personajes? ¿O no soy más que un envidioso, un iluso, un diletante?

Nadie creerá mis palabras: ésa, y no otra, es y será mi tragedia. Por mucho que les cuente a críticos y a estudiosos, y aun suponiendo que sea mi memoria la que ahora flaquea, será difícil para todos creer que yo soy el hombre que mató a Bolaño.



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