Domingo 26 de febrero del 2017


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29/05/2013 :: ENTREVISTA
Diálogo con Liliana Ancalao, la poeta mapuche
Festival Internacional de Poesía de Córdoba
Por Verónica Dema.

Liliana Ancalao se define como poeta y mapuche. “No soy descendiente de mapuche. Soy mapuche”, aclara. Hay firmeza en la voz franca de esta mujer de largos cabellos grises que hace algunas semanas llegó desde la Patagonia y participó del Festival Internacional de Poesía de Córdoba. Esta profesora en Letras, directora de un colegio secundario allá en el sur, nació en Diadema Argentina, un campamento petrolero de Comodoro Rivadavia, en Chubut.
En esta conversación, esta mujer de cincuenta y dos años recuerda su adolescencia y se lamenta por lo poco que charló con su abuela en mapuzungun (o lengua mapuche, que significa el hablar de la tierra). “Ella era una biblioteca en mapuzungun y no supe escucharla”, dice. La extraña, siente que con ella se fueron saberes fundamentales. Será por eso que su poesía habla de aquellas historias, de sus ancestros en un intento por reencontrarse con una cultura reprimida.

Ancalao publicó Tejido con lana cruda, en una edición personal de 2001 que fue reeditada en 2010 por El suri porfiado, y Mujeres a la intemperie-pu zomo wekuntu mew, coeditado por Bajo los huesos y El suri porfiado en 2009 y reeditado por El suri porfiado en 2010.

“El mapuzungun es un idioma silenciado. Después de la guerra del desierto se lo prohibió. Cuando llegó la escuela a la región en la Patagonia los maestros tenían el mandato de civilizar y el mandato de excluir toda manifestación cultural que tuviera que ver con pueblos originarios”, relata. Su desafío fue y es rescatar lo que los civilizadores prohibieron por considerarlo algo así como un pecado mortal.

-Fue una grata sorpresa encontrarte en el festival, no conocía tu obra: ¿me contás cómo empezaste a escribir poesía?

-Tengo sólo dos libros de poesía publicados. En el primer libro hay un poema que está editado en forma bilingüe, traducido al mapuzungun (es el nombre del idioma, que significa idioma de la tierra). Cuando yo empecé a escribir y a mostrar lo que escribía también empecé a hacer un camino de regreso hacia mi origen, porque vivo en una ciudad en la que parecía que los pueblos originarios no tenían nada que ver.

-¿En qué ciudad?
-Comodoro Rivadavia, más precisamente en un campamento petrolero que se llama Diadema argentina, que queda a 27 kilómetros. En un momento empecé a preguntarme porqué cuando yo iba al campo y después contaba en la escuela que había estado allí, ese campo no tenía nada que ver con las estancias o con otras historias que mis compañeros contaban, sino que era un campo en el que mi abuela nos enseñaba palabras en mapuzungun. Empecé a hacer relaciones de un tema que no se hablaba. Sabía que éramos distintos, pero no se hablaba del por qué. Hasta que corroboré que éramos mapuches.

-¿Sabías que eras descendiente de mapuche?
-Sí, pero yo a la palabra descendiente también la descarté. Me di cuenta de que somos contemporáneos, que existimos en este momento y que la cuestión de la identidad es una cuestión de asunción, nomás; de decir: ‘Yo soy’. ¿Por qué voy a decir que soy descendiente si mis padres son, si mis abuelos son. Yo soy, estoy siendo.

-¿Cómo fue el proceso de gestar el primer libro?
-Cuando escribí mi primer libro yo andaba en esa búsqueda y tenía temor de caer en la tergiversación. Uno empieza a querer conocer bien una cultura y cada cultura tiene sus símbolos, sus rituales, su cosmovisión, su modo de ver el mundo y yo, como mi lectura aprendida era la occidental, corría el riesgo de escribir desde lo occidental y tergiversar. Era lo que menos me interesaba, me parecía una falta de respeto. Así es que me di mucho tiempo para el aprendizaje. El libro, en la tercera parte, empieza con una frase que habla del fogón que arde en la memoria. En esa parte incluí poemas que tenían que ver con mi origen mapuche.

-¿Cómo llegó el segundo libro?
-Ahí ya lo pensé en dos lenguas y lo pude traducir al mapuzungun con ayuda de libros, porque yo soy aprendiz del idioma mapuche.

-¿Tus familiares antepasados no participaron de la traducción?
-No. Mi abuela, que era una biblioteca de mapuzungun, yo como adolescente estúpida no supe escucharla, no me daba cuenta del tesoro que tenía al lado. Aprendí algunas palabras sueltas, pero nada más y ya no está. Todo lo que le podría haber preguntado no lo hice.

-¿Tus padres saben el idioma?
-No, el mapuzungun es un idioma silenciado. Después de la guerra del desierto se lo prohibió. Cuando llegó la escuela a la región en la Patagonia los maestros tenían el mandato de civilizar y el mandato de excluir toda manifestación cultural que tuviera que ver con pueblos originarios. Así que mi papá y mi mamá pertenecen a esa generación castigada a la que hacían arrodillar sobre granos de maíz si decían una palabra en mapuzungun. Toda esa represión cultural prohibió el uso de la lengua. Así que mi mamá y mi papá lo entendían pero ya no lo hablaban. Nosotros nacimos sin conocerlo.

-¿Qué te pasa cuando leés en dos lenguas? (en el festival del que participó, leía primero el poema en mapuzungun y luego su traducción al español)
-Como siempre, sigo sintiendo un gran respeto. Tengo siempre un gran cuidado para no pronunciar mal. Me pasa que me siento muy responsable de ese momento. Me doy cuenta de que tiene mucha trascendencia. Para muchas personas va a ser la primera vez que escuchen el idioma y tienen que sentir su sonoridad.

Cuando Liliana leyó en el patio del Cabildo de Córdoba, era todo sonoridad. Sólo cabía su voz y la de todas las “mujeres a la intemperie” que hablan en ella.
 
Las mujeres y el frío, poema de Liliana Ancalao (en la sección poesía del vuelo)


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