Martes 27 de junio del 2017


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21/01/2016 :: CUENTO
La mascota, cuento de Diego Formía
El placer de la lectura breve

Yo sé que era extravagante y soberbio el hecho de tenerlo en el patio así como se tiene a un perro. Pero desde que recuerdo haber salido al patio él estaba ahí rodeado a la altura del pecho con un alambre de púas que lo amarraba al tronco del Plátano. 

Levitaba. Con los ojos perdidos en la nada levitaba y recorría lento y apaciguado la circunferencia que le permitía el largo de la amarra. Sin molestar a nadie estaba. Daba vueltas en su eternidad circunscripta mientras yo, con termo y mate en mano, me la pasaba mirándolo detrás del mosquitero de la puerta.

Hasta que un día me cansé. No de él porque al final le había tomado cariño al Estrambótico; así lo llamaba, le había puesto el nombre con afecto a pesar de que era evidente su mala entraña. El miedo es lo que me cansó. El miedo que le tenían los chicos. El hecho de que ellos no pudieran salir al patio. Las quejas de mi mujer porque no podía recibir visitas. Las amigas de ella que la habían hecho a un lado porque éramos raros… Suplicios de familia que me llevaron a salir un día al patio para soltarlo.

Se ve que el engendro, de aspecto humanoide, violáceo, estructura fibrosa y sin piel, me adivinó la intención: por primera vez dejó de pasearse en círculos y se paró en un punto que le diera buen ángulo para poder mirarme a los ojos. A mí no me hacía nada eso de que me mirara fijo con aquellos ojos rojos lanzados como cuchillos. Hasta pensé en hablarle de manera cordial, para romper el hielo; pensé, pero después no me pareció y no le dije nada.

Él fue quien me habló primero. Debo reconocer que me erizó los pelos de la nuca. Una voz grave y resonante le salía de la boca al desgraciado. Soltaaaameee, me dijo.
Al menos en algo estamos de acuerdo, pensé, y esta especulación me dejó más tranquilo.

Fui hasta la casilla del gas; allí guardo herramientas. Abrí las hojas de la puerta. Miré sobre mi hombro para ver que hacía el inmundo: vi que había cambiado el ángulo para no perderme de vista. Primero saqué la tenaza, vi el alambre de púas y entendí que era demasiado cojudo para la herramienta. Levanté un poco más la vista y de reojo lo miré; lo noté ansioso. Saqué la Pico ´e Loro: como ésta era bien grande me dio más coraje. Me fui acercando, poco a poco, como rodeándolo, sin mirarlo ni decirle mucho. Él cada tanto pegaba un sacudón para cambiar de ángulo y tenerme a ojo. ¿Así que te querés ir? pregunté, como para decir algo, tantearlo un poco. Siiiiiiii, contestó. Y en ese momento, por curioso nomás, cometí un error, le pregunté adónde y se puso como loco: empezó a dar vueltas al árbol con una velocidad de otro mundo, mientras hacía un gruñido bien recio el apestoso.

Me alejé un poco. Miré para la puerta, detrás del mosquitero estaba mi mujer y los chicos, chusmeando, pero a salvo. Volví la vista al taimado. Al ver que seguía berrinchudo me enojé como un padre con el hijo y me salió el grito de adentro:

¡Pero paraaá loco de mieeerda!

Con el grito se clavó de golpe. Igual que sus ojos en los míos, como si en ningún momento hubiese dejado de mirarme mientras daba vueltas a la bartola. Me acerqué despacio, decidido. Con la precaución de cortar el alambre lo más cerca posible del árbol, lo más alejado de él. Abrí el pico de la pinza y mordí la amarra. La mordí sin fuerza, quise mirarlo por última vez a los ojos y sentí el destello rabioso. Yo no hice presión: un flujo eléctrico corrió hasta mis manos que apretaron involuntarias, implacables.
Al cortarse el alambre hizo para atrás por su resistencia a la amarra. Se detuvo en un punto en el aire, siempre en el aire. Un instante nos quedamos mirándonos a los ojos, sin pestañear, hasta que el zaino se sacudió y me “africó” en la cara utilizando un efecto casi imperceptible de látigo.

La cara me sangró a borbotones entre las manos. Él dio media vuelta. Se alejó en línea recta, tomó altura. Una llama circular se le encendió abajo, se lo llevó una implosión gaseosa, fugaz.
  


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