Martes 22 de agosto del 2017


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26/03/2014 :: CUENTO
La Ceci está mortal
El placer de la lectura breve
Por Joaquín Vazquez. Egresado del profesorado de filosofía de la UNRC. Actualmente se desempeña como profesor de filosofía con niños en los colegios Santa Eufrasia y Lenoardo Da Vinci. Desde el año pasado es adscripto a la cátedra de Filosofía Antigua en la UNC.

La Ceci está mortal

Calmaba la sed, la vida, todas las noches. Una tras otra repetía la rutina. Uno tras otro los tragos, los vasos, las botellas. Tomaba sin darse tiempo a asimilar lo bebido. Sentado en la misma mesa hasta la misma hora. Entre las once y las tres, hasta quedarse sin plata o dormirse en el bar. Cada tanto, cuando creía que su pito podía reaccionar, pasaba de las putas. Una casa alta, vieja. La escalera daba a la puerta, la abría un colorado medio pelotudo, que decía “buenas noches, don” con una sonrisita infantil. Arriba lo esperaba el cielo. Le resultaba gracioso pensar que esa larga y empinada escalera conducía al portal celestial vigilado por San Pedro o algún otro subalterno con alitas. Reía, por no llorar. Subía, riendo y tambaleando en todos los escalones, casi amagando a caerse, consecuencia del pedo que se agarraba rigurosamente. Lo que le abría la puerta era un tanque, más que un ángel; algo que tras el maquillaje y los rollos parecía una mujer.

“La Ceci no está, mi amor. Pero vení conmigo.” Le gustaba cogerse a la misma, la flaquita de flequillo hasta las cejas que usaba medias de red y pollera roja, cortita. Casi que la quería ya. Era la segunda vez que iba y no la encontraba; “no está disponible. Está enfermita la nena, va a tener un guachito tuyo”. No digería el sarcasmo de la puta, gorda y vieja, que quería calentarlo con un lento y húmedo lengüetazo en la oreja. Se abstuvo de morir ahogado en una masa gelatinosa de un metro de ancho y volvió a su casa. Abajo, el colorado le abrió la puerta sorprendido, “¿Tan rápido se va?” Las paredes lo devolvían al cauce principal de la vereda. Avanzaba zigzagueando. Al menos una vez por cuadra se detenía a consultar la hora, asumiendo la preocupación de una responsabilidad que él mismo se adjudicaba: la de su vida, una vida de mierda, cierto, pero no muy diferente de la de otro ser humano. Alguna adicción, algún miedo, la certeza de no poder alcanzar jamás esa cosa querida. Las cuatro. Pudo ver las agujas Cerrando un ojo y acercando el reloj al otro. Quedaban un par de horas de noche para dormir.

Despertó aturdido, pasado el mediodía. El teléfono sonaba a dos metros, una distancia que no podía recorrer. Se acordaba de la historia que un amigo le había contado sobre Aquiles y la tortuga. Si en la carrera el héroe griego le da una escasa ventaja al animal, jamás lo alcanzará. Ni dejándole un metro, (recordaba las medidas dadas por Roque), ni dándole un centímetro. Porque esa pequeña distancia puede ser infinitamente divisible y por más héroe que se sea, la tortuga se hallará infinitamente lejos. Como el teléfono ahora, pensó Eduardo. Otro timbre, otro, otro más. “La puta madre”, dijo. “Hola. No, no. Me olvidé, disculpá. Si, ya sé. Bueno, me olvidé. Más tarde paso. Como a las siete. Okay, entonces voy mañana. Lo paso a buscar a la salida de la escuela. Chau”. Colgó y se dio vuelta. El monoambiente echo un caos. Las sábanas revueltas, desnudando al colchón verde y floreado. Algunos diarios en el piso con la sección de los clasificados abierta. Si uno los veía de cerca, podía encontrar círculos azules y cruces rojas. Hacía una semana que buscaba laburo. Vivía con la plata de la indemnización. Tenía para tirar dos meses, aunque el alcohol y las putas le venían secando el bolsillo.

Las dos. Ahora podía ver el reloj sin cerrar un ojo. Sobre la alacena encontró la botella. Un poco menos de la mitad. La bajó y sirvió un vaso. Se tiró al piso con el whisky en las manos, reanimándose de a pequeños sorbos. El calor aumentaba en la lengua y en la garganta. Hojeó el diario como par hacer algo. Leyó en voz alta. “Mariana. Buena presencia. Lo que pidas a cualquier hora.”. “Lorena. 22. Morocha firme. Magia con la boca.”. “Sole. T. Activo y pasivo. Sólo de noche.”. Siguió leyendo, sin darse cuenta, las decenas de clasificados de Puntal. Tras la primera mitad de página supo lo que buscaba, recordó un nombre, un cuerpo. No aparecía. Tenía fiolo. Miraba las pocas direcciones, los teléfonos. Nada. El vaso por la mitad. Juntó las hojas de otros diarios y descubrió clasificados repetidos. Mismos nombres, mismas fórmulas. Pensó en una ontología del clasificado sexual. Se entretenía pensando en las referencias veladas a la identidad, al cuerpo, al gusto.
Desmenuzaba los códigos de ese lenguaje que pasa cotidianamente a nuestro lado pero que ignoramos adrede. La chica que sonríe en la parada de colectivo, cada tanto se llama Marta. Al pibe que hace malabares frente al shopping a veces se lo ve saliendo del baño de la terminal. Dientes de engranajes que coinciden temporal y espacialmente en el almacén, en la esquina, en la uni, y que luego se distancian, se alejan equidistantes. Vidas que se cruzan, se rozan, se penetran. Algunas que se lastiman, otras que se detienen. El nombre que retenía sorprendentemente en su memoria, podía no coincidir con la mujer nombrada; podía incluso desaparecer después de unas semanas. ¿Cuánto hacía que la conocía? ¿Un mes? ¿cuántas veces la visitó?¿tres, cuatro? Alzando la vista encontró la billetera, enflaquecida y en una esquina. Recordó. Se acercó gateando, apurado, la abrió y dijo “¡Síí!”. Una tarjeta y un teléfono: “Ceci. 0358-15-6783458”.

Del otro lado del tubo sonó una voz de hombre. Decía que no estaba, que en todo caso la buscara esa noche, pero que le parecía que no iba a poder ir, que no sea tan enfermo, que había otras más lindas. Colgó y sintió hambre. Tenía dos porciones de pizza de la noche anterior. Las tragó sin masticar. Después juntó la ropa desparramada en el piso, la hizo un bollo y la metió en un canasto. Siempre chupando de a sorbos el Old Smugler, barato, fiero y eficaz. Durmió un rato. A las siete despertó transpirado. Se bañó y salió a dar una vuelta.

Las ocho, el sol ya se oculta en la tarde veraniega del Imperio. El tránsito aumenta alrededor de la Plaza Roca. Muchas vidas coinciden y se alejan. En la esquina de Colón y Cabrera dos gringos pelotudos se burlan de un negro que vende relojes. Le preguntan los precios, le piden marcas, le dicen que son truchos y robados, que lo van a denunciar. Una ambulancia llega al San Lucas con un tipo casi muerto. En el hostel de la vereda de enfrente, alguien prende un pucho sentado en el escalón, viendo cómo bajan unas persianas. Tractractractrac. Los engranajes no se detienen, la máquina sigue funcionando. Unas cuadras más allá, Eduardo dobla en Elvis y se mete en el Snooker. No hay nadie. El viejo lo ve con su cara de orto monumental y no lo atiende. Revuelve las salsas para los panchos. Es temprano aún, pero algunos borrachines comienzan a caer. Le lleva una Quilmes con maní, sin que se la pida. “¿Arrancando tan temprano?”. “Sí”, dice Eduardo y calla. Porque en realidad no frenó, ni siquiera cortó. Se pone a ver una peli, calmando la sed, la vida. Otra noche repitiendo la rutina. Uno tras otro los tragos, los vasos, las botellas. Tomaba tranquilo, todavía sin apuro.

Noche bastante entrada. Busca asegurarse de encontrar a la Ceci. Camina diez, quince, veinte, veinticinco cuadras. No llega nunca. Está en la esquina, saca una petaca que vacía de un trago y acerca un poco el reloj al campo visual del ojo derecho. Once y media. Suena un timbre y al rato la puerta se abre. Una voz lo detiene, “hoy no abrimos”, se escucha. Eduardo pecha la puerta. No puede ser, estuvo esperando todo el día. Le resulta inconcebible que no abran un viernes. Envalentonado por el alcohol, explica: “Vengo por Cecilia”. El Colorado lo mira, casi tristemente. “Suba”.

La escalera le parece más larga que de costumbre. Allá arriba la puerta está abierta. Siente el esfuerzo de los músculos en sus piernas. Se agarraba levemente de la baranda para no perder el equilibrio. Asoma la cabeza y lo recibe la luz rojiza de siempre. No distingue a la gorda. Hay un ataúd en medio del saloncito y dos o tres mujeres vestidas decentemente. No hay confusión alguna, es el puterío. Se sienta del otro lado. No quiere que le hablen. Necesita estar atento por si aparece.

Los borrachos tienen suerte. A su lado, en una mesita petisa, de living, una botella lo espera. Las mujeres enfilan hacia la puerta y lo dejan solo con el muerto. Toma del pico, a esa altura ya no le importan los modales, ni la corrección que exige la vida en sociedad. Quiere tomar y quiere coger. Dos tragos largos. Las doce. El silencio, la densidad del ambiente, el calor, la luz tenue. Se para y avanza dos metros con la botella en la mano. Da vueltas alrededor del cajón. Ve unas flores blancas, de mal gusto. Las huele, como si pudiera sentir algo con el pedo que tiene. Deja la vista fija en el cajón y, con curiosidad, levanta la tapa. Alcanza a oler un perfume dulzón, de puta. Lo reconoce. Adentro yace la Ceci, rígida. El flequillo le cubre la frente, los ojos cerrados, un ramito entre las manos cruzadas en el pecho. Está tapada hasta la cintura. Eduardo recuerda ese cuerpito grácil, bailándole encima, el movimiento de las tetas sueltas, el perfume. La mano en el bolsillo comienza a tocarle pito. Se inclina sobre el cuello que la muerta le ofrece. Lo besa, lo huele. Se compenetra en el papel que representa. Baja una mano y siente una pierna fría, dura. Tira las flores a la mierda, le arranca las prendas que la visten y se le encima. La pobreza del velorio exhibe el sexo mortal en el piso. Dentro del cajón, Eduardo intenta ubicar el papo, se escupe la mano y, como puede, mete la pija en la cavidad fría y seca. La solución al frío es el movimiento. Comienza a bombear.
 


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