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19/04/2014 :: POESIA
Poemas de La vida numerosa, de María del Carmen Marengo
Leer Poesía
La vida numerosa, Ediciones Cartografías, Archipiélago, Volumen 21, Río Cuarto, 2014, 60 páginas.

María del Carmen Marengo nació en Balnearia (Provincia de Córdoba) en 1968 y vive en Córdoba. Publicó los libros de poesía El fuego invisible (Alción, 2001), El camino de los ángeles (Alción, 2003), El libro de los jardines y los abismos (Recovecos, 2007), la nouvelle El legado (Alción, 2010) y el ensayo Geografías de la poesía. Representación del espacio y formación del campo de la poesía argentina en la década del cincuenta (Editorial de la Municipalidad, 2006), por el que en 2005 obtuvo el Premio Municipal de Literatura “Luis de Tejeda”. Recibió el Premio para Autores Inéditos de la Municipalidad de Córdoba en 1993 y 1994 en los géneros poesía y cuento, respectivamente. Fue Becaria de la Fundación Antorchas en los períodos 2000 – 2002 y 2003 – 2005. Es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba. Entre 1997 y 2000 residió en Estados Unidos, donde en 2002 se doctoró en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Maryland. Actualmente, se desempeña como docente de Literatura Argentina en la Universidad Nacional de Córdoba y Literatura Latinoamericana en el terciario.



Trilogía del desastre


I


No viviremos
en ningún lugar.
Quedará abandonada
antes de usarla,
antes de hacerla,
la casa.
Algunos animales
habitarán
esos restos.
Te llevarás tu corazón
así
no será alimento
de esas pequeñas fieras,
de esos seres
presentes y adormecidos.
Comerán del mío.

II

La casa,
que tenía el tamaño del espacio,
el tamaño de nuestros corazones,
por pequeña que fuera,
llegó a la desmesura
de ser un mapa
de nuestros errores.
Se fue rompiendo,
fragmentando en pequeñas ruinas,
tristeza de nuestros soles,
que no dan abrigo
ni a los mendigos
en que nos convertimos.

III

Demasiado pequeña
la casa,
para contener nuestro universo.
Para que no nos sintiéramos
aprisionados,
ahogados por su desmesura.
Terminó azotándonos
con sus caños, sus pisos y sus paredes.
No pudimos hacer nada,
contribuimos al caos.


***

El puma aquel
que entró al pueblo un día,
casi de noche ya,
caminando solo,
y caminó una cuadra,
majestuoso,
(hasta tocar
la esquina de mi casa).

No sé qué sucedió después.

Se fue, creo.
Dio la vuelta
y volvió a su lugar.

Sin importarle de los aterrados,
todos nosotros.

***

‘¿A ese puma?
Dijeron que se lo habían comido’
dijo mi madre
sin ningún temblor.

Y ahora qué hago.
Qué imploro,
en esta desazón
para recuperar,
un poco
del efecto poético
perdido para siempre.

***

Al enfermar
supe quién eras.

Antes de que estuvieras con nosotros.

Conmigo estabas.

¿Qué hizo que en mi enfermedad,
fiel enemiga de los dos,
te percibiera
como si ya
te hubiera conocido
o me lo hubieran revelado
los que saben?

Lejos de los oráculos
de las comadres.

Conmigo estabas
y éramos los dos
para sortear,
quietos,
la adversidad.

***

Gente que nos quería
había.

Pero nosotros íbamos
por ese bosque envenenado, solos,
uno adentro del otro,
la oscuridad de la pura noche
mirando alrededor,
quietos.

Y yo,
la mayor,
más responsable que nadie
de ese extravío,
miraba afuera del bosque
reía y vivía allí,
quieta,
para que nada nos dañara.

Esperando el momento
en que pudiéramos
salvarnos.

***

Tu cuerpo sin crecer,
atrapado dentro del mío,
esperó tres semanas
para que lo rescataran.

Y lo sacaron
y salió
intacto, indemne,
con un ímpetu
que quién adivinaría
tendrías.

Quién podrá saber
de dónde tu cuerpito
recibiría la gracia
de su energía soberana.

Al vuelo de tus manos
nuestros ojos se agrandan:
ellas atrapan solas
mariposas de luces,
todos los soles,
la vida nueva.


Balnearia (lado norte), 1978

Subidos a un andamio
colocaban luces,
tendían cables.

Íbamos los domingos
muy temprano
o las noches de la novena
y sabíamos
que en esa azul coloración
como en una eucaristía
ustedes estaban.

Palabras de Leandro Calle en la presentación del libro
 


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