Martes 27 de junio del 2017


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23/07/2014 :: CUENTO
Gabriela
El placer de la lectura breve
Este cuento breve de ELSA VIDAL (Río Cuarto) forma parte del libro "LOS BOSQUES POSIBLES" que presentará la S.A.D.E. local en la Biblioteca Popular Mariano Moreno de Río Cuarto, el 2 de agosto de 2014 a las 20hs.  


GABRIELA

                                                                                             A Charita

Esa tarde Gabriela descubrió la casa.
En realidad la conocía desde siempre con la descuidada noción que guardamos de las cosas que vemos todos los días; pero entonces la percibió en cada detalle: el techo en declive, de tejas verdes, los durazneros al costado y hacia atrás, y el sendero corto que partiendo en dos el jardín llegaba hasta la puerta.
El sol, ya demacrado a esa hora, resbalaba sobre la santarrita florecida que invadía con gracia una de las ventanas. La otra, amplia, protegida por cortinas de encaje, apenas permitía vislumbrar una mesa preparada para el té, y ante ella, el contorno menudo de una niña, sentada, quieta.
Como Gabriela tiene la facultad de ver cosas ocultas para otros, pudo visualizar la tetera azul, las dos tacitas, prolijas en sus platos, junto a la azucarera decorada con alelíes, y un cuenco lleno de pastelitos relucientes. Todo a punto, esperando.
Pero Gabriela sabía que nadie iba a llegar, y se le cruzó la imagen de la reina mora del tío Jorge acurrucada en su jaulita solitaria.
La voz de mamá llamándola desde la galería interrumpió sus reflexiones -algún mandado, seguro-. Después la rutina de controlar las mochilas para mañana (Hernán que pierde el lápiz, que protesta; Darío que toca todo y al fin los divierte con su charla en media lengua) le hicieron olvidar la casa. Hasta la tarde siguiente.
Fue cuando tomaban la merienda, mientras Hernán atacaba el dulce de leche, y el bebé enarbolando la mamadera iniciaba un berrinche. Entonces, por contraste, recordó la delgada silueta, sola, siempre, y sintió en la garganta un ahogo de ternura por sus incordiosos hermanos.


Gabriela termina rápido su leche y sale del comedor sin que la noten -es un gato para escabullirse-, recorre el sendero, que le huele a duraznos, llega hasta la puerta y hace sonar la aldaba. El sol ya decrece sobre la santarrita.


Hernán busca a Gabriela en cada lugar del enorme patio donde ella acostumbra esconderse para leer un cuento, o estarse mirando un caracol, o una hoja, o nomás el aire, pensando, se dice Hernán, en quien sabe qué pavadas. Pero, como suponía, no está en el cobertizo, ni trepada en el fresno, ni en su sitio especial: la choza que forman las ramas del sauce eléctrico. Y ya hace unos cuantos días que desaparece a la tardecita, mientras mamá se entretiene arreglando los canteros.
Aburrido, agraviado, vuelve a la casa. Hoy estaba dispuesto a jugar a lo que ella eligiera. Hasta hubiera aceptado armar un rompecabezas.
De pronto se le ocurre: ¿y si en su cuarto…?
¡Tampoco aquí!
Con satisfacción vindicativa invade el territorio ajeno. Desplazando sin miramientos la muñeca de turno se tira sobre la cama, hurga un rato entre los tesoros de la mesita de noche, juguetea encendiendo y apagando el velador, bosteza. Se levanta para irse, desalínea de paso algunos libros del estante, ladea el sombrero de paja que queda bamboleando en su percha…
Ya saliendo, se detiene ante el cuadrito de la pared junto a la puerta.
—¡Horrible!— le dice con masculino desprecio a la santarrita resplandeciente de flores bajo el sol desteñido. Y al observar con más atención, distingue detrás del ventanal, apenas veladas por las cortinas de encaje, dos menudas siluetas sentadas ante una mesa dispuesta para el té.
 


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