facebook twitter
09/06/2011 :: CUENTO
Encrucijada, cuento de Marcelo Lillo
El placer de la lectura breve
Marcelo Adrián Lillo (1968). Publicó el libro de cuentos Cuatro para la medianoche (Cartografías, Río Cuarto, 2005). En el 2006 publicó su primera novela titulada El instigador (Editorial Alción, Córdoba). En el 2007 ganó el primer premio en el concurso de cuentos Amadis de Gaula, España. (web: http://amadisv2007.blogspot.com/2008/06/concurso-prosa-015.html) Desde julio de 2009 publica regularmente relatos en diario PUNTAL de Río Cuarto. Publicó en la revista de ciencia ficción y fantasía ON SPEC, de la ciudad de Edmonton (Canadá) y en la revista Expressions de la ciudad de Limoges (Francia).Tiene una novela inédita.


—¿Vas a matarme? —preguntó Alejandra.
—Como nunca te han matado en tu vida —le respondí yo, apuntándole.
—No lo hagas —dijo ella—. Soy más generosa cuando estoy viva.
Yo lo sabía. Tenía muchas referencias. Demasiadas, quizá.
—Tengo que hacerlo —le dije—. Te amo.
El caño del revólver trazaba una línea invisible hacia sus senos descubiertos. Un espejo en la pared de la habitación, detrás de ella, exhibía la otra cara de su cuerpo, desviando mi atención. Alejandra sonrió, formando con sus labios una medialuna húmeda e hipnótica que elevaba vertiginosas mareas en mi interior.
—Creo que eso es culpa tuya. En ese caso, deberías matarte vos.
—No puedo —rebatí—. Yo ya estoy muerto.
Ella se encogió de hombros.
—Está bien. Si vas a matarme, hacelo de una vez —me desafió, y avanzó hacia mí. Su cuerpo era un arma desenfundada que enfrentaba a la mía. Amartillé el revólver. Ella se detuvo. Yo extendí el brazo armado, pero me demoré en el próximo acto que mi mente había fabricado tantas veces con tanta perfección. Alejandra aprovechó esa demora.
—¿Qué pasa? ¿No te animás?
—Cuesta un poco. Es mi primera vez.
—Entiendo —dijo ella. Su mano se deslizó lentamente por el borde tirante de su ropa interior—. Conozco bien la situación. ¿Por qué no guardás el revólver y me dejás enseñarte como matar de veras? De paso, vas a poder disfrutarme como los demás.
—No. Mi deleite sería también el tuyo, y hoy necesito que sufras. Y yo no soy como los demás. Yo te amo. Lo sé por lo mucho que te odio.
—Me amás —dijo ella como un eco en reversa—. ¿Por qué? Yo nunca te prometí nada.
—No hace falta. Yo ya lo hice por vos.
Ella exhaló un trozo de fastidio.
—Esta conversación me está acalorando. ¿Me dejarías acomodarme el pelo? —dijo, y su petición sonó en mis oídos como la de un enemigo pidiendo permiso para cargar su pistola enfrente de mí.
—Consideralo como un último deseo —accedí.
—Gracias —dijo ella. La firme pared de su cuello se imprimió como un grabado de fuego en mis ojos.
—Por nada.
—Antes de que dispares, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Adelante —le concedí. Sabía que no debía dejarla hablar. Lo que su lengua decía era casi tan disuasivo como lo que con ella hacía. Pero un impulso traidor, casi ajeno, me obligaba a prestarle atención. Supongo que es el mismo impulso que predispone al paciente a escuchar el diagnóstico de su médico, por más desfavorable que sea.
—¿Te acordás de la noche en que nos conocimos?
—Es la única noche que recuerdo —contesté mirando hacia arriba como si el techo fuera el pasado—. ¿Por qué?
Alejandra esquivó mi pregunta.
—Fue en la fiesta que hicieron los Rosenbauch en Villa Dálcar, ¿cierto? ¡Ah, no! Ése no eras vos —rió golpeándose la cabeza para demostrar que su equívoco era genuino—. Vos estabas en la de los Herrera Ancona. Sí, me acuerdo bien. Te veías muy solo delante de tu copa vacía. Me gustan los hombres que saben estar solos; son los que más se parecen a nosotras. Creo que por eso me acerqué a pedirte fuego. ¿Te acordás que me senté a tu lado y hablamos? Entonces me contaste. Penas de amor, me respondiste. Eso me enterneció; si tu problema hubiera sido realmente serio, me habría alejado en seguida. ¿Cómo se llamaba? —dijo mientras su mirada se alzaba hacia el techo junto con la mía—. Estaba entre Natasha y Noelia.
—Natalia —respondí yo.
—Natalia —repitió ella—. Sí, ahora me acuerdo. Y también me acuerdo que dijiste que si la hubieras conocido un poco más no te habrías enamorado de ella —prosiguió. Abrió sus brazos para mostrarse—. ¿No crees que pasaría lo mismo conmigo?
—Tal vez. Por eso no quiero darme la oportunidad de conocerte. Te prefiero así. Si te dejo vivir, sé que voy a detestarte aún más.
—¿Y matarme te va a hacer amarme más o menos?
Me tomé unos segundos para meditar esa pregunta, aunque ya la había pensado muchas veces.
—Ni más ni menos. Iguales.
—Por supuesto. El amor nos iguala a todos. Por eso siempre escapo de él. —Resopló, y su pecho se tensó con la inhalación—. La magia mediocre del amor, que tiene la habilidad de convertir al que lo recibe en alguien opuesto del que lo generó. Vos no me amás a mí, sino a alguien que no soy. Si yo fuera esa persona, perderías tu interés en mí en el acto. ¿No lo ves? Querés matarme a mí para no seguir muriendo vos.
—Eso no es cierto —refuté con sincera firmeza.
Alejandra meneó la cabeza igual que una maestra frente a un alumno retrasado. Emitió un suspiro exhausto, resignada por tener que usar más palabras de las que había previsto.
—Creo que tus sentimientos te han apartado tanto del placer que ni siquiera te dejan pensar en su falsedad. No soportás tanto la posibilidad de que no te ame como la de que otros puedan amarme a mí. ¡Por favor! ¡Cuántas cosas dejaríamos de lado si supiéramos que nadie más las va a agarrar!
Me tomé un instante para pensar en lo que ella decía. No entendía de qué diablos me estaba hablando.
—Tratás de confundirme.
—Sólo para sacarte de tu confusión.
Yo hice un gesto de negación.
—No. Yo sé muy bien de qué forma te quiero. Lo he soñado demasiadas veces.
Alejandra se acercó un poco más. El perfume de su piel me mareaba como una droga volátil.
—¿No te das cuenta, imbécil? Te estoy dando la oportunidad.
—¿La oportunidad de qué? —pregunté desconcertado.
—De que enriquezcas tu sueño, de que te hastíes de mí hasta que llegues a despreciarme. ¿Acaso conocés alguna mejor manera de matarme?
Yo busqué en mi cerebro la respuesta a su pregunta. La fuerza que le dirigía a mis pensamientos la restaba de mi mano. El revólver cobró peso en mis dedos. Alejandra se movió. En el espejo, su silueta era la de una cobra antes de devorar un pájaro indefenso.
—Querido, como te dije antes, yo nunca te prometí nada —susurró ella, y se pasó la lengua por los labios—. Así que dejame recompensarte esta vez.
—¿Cómo?
—Eso depende de vos. ¿Qué querés hacer? ¿Matarme para satisfacer tus emociones, o guardar el revólver y emocionarte con nuevas satisfacciones? Ése es el dilema. Vos elegís.
Yo arrugué el entrecejo y bajé la mirada hacia el piso. Alejandra, percatándose de mi vacilación, dio otro paso hacia mí. La tenía tan cerca que casi podía tocarla. Casi como en mis sueños. La habitación cerrada, ella a solas conmigo, con su cuerpo desnudo y dispuesto. Sólo faltaba una cosa para que el sueño estuviera completo.
Respiré hondo y disparé. Uno, dos, tres, cuatro besos rojos se estamparon en su pecho. Alejandra abrió los ojos muy grandes, dos signos de pregunta cerrados en círculo con el punto en el medio. Luego se desplomó boca abajo, dejando atrás un gemido consonántico que venía desde más adentro de su garganta.
Yo observé su cuerpo lamido de rojo, totalmente a mi merced. Me acerqué y lo toqué. Su innato calor no duraría mucho tiempo. Ahora sí el sueño estaba completo.
—¿Para qué elegir cuando puedo tener las dos cosas?


Seguinos en Facebook