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06/02/2017 :: COMENTARIO
Una familia mirando al piso
Sobre el libro Historia clínica de Maricel Santin, por Nicolás Ghigonetto.
Su escritura se presenta como un historial de diagnósticos decrépitos de una sociedad, una familia, un lenguaje, que se hunden.

Tres partes dividen el libro. La primera, “Derrame”, comienza con un hecho, la caída del abuelo, su colapso, el fin de su poder. Sentados a la mesa, en navidad, caen los cubiertos, el vaso, el abuelo, y con él, la constitución familiar. Inmediatamente, junto con la crisis de orfandad, de preceptos claros, de reglas de juego impuestas, comienza el reordenamiento. Los nuevos protagonistas pasan del silencio a tener voz, la abuela de tirar los restos de la fiesta a conseguir un cabello marrón intervenido por un peluquero. ¿Adónde quedaron el capitán de barcos, rey de España, intendente de Gerli, y su deseos y sus órdenes? Se pregunta la primera parte del libro y la respuesta no se hace esperar: Ahora el abuelo duerme/ (…) los hombres quieren/ ocupar la cabecera, tarea difícil la de ocupar el lugar de quien tenía el cuchillo más grande/ filosa la mirada/ y la última palabra/ en cualquier conversación. Una simbología fálica del poder.

Esta parte juega con tensiones superpuestas entre el rey caído, sus lemas y el reordenamieto natural que realiza la familia para subsistir. Pero en ese reodenamiento se dejan ver las miserias de unos y otros. Santin parece decirnos que durante la crisis las cosas hablan un nuevo idioma, el de los cambios, el del tetris que intenta encajar piezas circulares. El abuelo duerme dice y se vislumbra que bajo su mando: (…) los hombres/ deberán seguir los negocios heredados y las hermanas importa[n]/ en cuanto sea[n] decentes; pero a pesar de ello las cosas no permanecieron quietas y sumisas durante su reinado: Los hombres no hicieron/ del todo bien las cosas, /las mujeres se les fueron de las manos y ahora es el abuelo el que, desprotegido, ya ni siquiera puede mover el dedo con el que organizó la familia desde el origen de los tiempos; ahora desnudo e indefenso tiene su cuerpo entregado/ a las manos de quien sea y siente vergüenza ante la mirada de su nieta que le cambia los pañales. Al abuelo lo intervienen con sus ayudas, el hijo mayor lo afeita, la nieta lo cambia, cantan la marcha radical, y una voz en la conciencia dice: ¿Vos querías ser médico?/ no me di cuenta, perdóname. La primera parte empieza con un epígrafe de la abuela Nilda, pero bien podrían ser palabras del abuelo que quiere perpetuar sus cosas en manos de sus nietos, pero es la abuela la que vive después de su muerte y es a través de ella que vemos la tristeza de la pérdida, la misma tristeza que engendra las fuerzas para seguir adelante.

La segunda parte, “Menos mal”, se asemeja a una exposición de cuadros que contienen impresos oleos situacionales de la vida cotidiana junto al dolor y las pastillas, una radiografía de la vida moderna que no acepta el sufrimiento y que habla en su praxis diaria el lenguaje de los ansiolíticos: ahora mi papá pone las cajitas/ al lado de su plato cuando come. Lo cotidiano se constituye en la convivencia con el dolor, su manifestación y su silencio. Los músculos duelen, las personas se quejan sólo en presencia de sus pares pero, sin embargo, predominan los mejores placebos: Mejor seguir/ mirando tele en silencio. También los hospitales son telones de fondo de esta parte: un primo choca contra un auto cuando iba en moto y allí comienza a hablar el hospital: el día entero en la guardia/ hablando boludeces/ con los familiares de otros/ internados y cuando sale un enfermero de intensiva/ cada uno/ pide por lo suyo como los rivales de una guerra que en cada cese del fuego aprovechan para tomar mates, comer asados y jugar al truco.

Sobre el final, los poemas se vuelven anáfora de la primera parte (y el deseo/ de tener un doctor en la familia) y vuelven los mandatos del abuelo que aún dan sus descargas (Hermanos asustados/ por el árbol genealógico/ plantan paralelo una semilla (…) mientras esperan/ ver las ramas nuevas./ Así se cuidan/ Tener un hermano, menos mal).

En la tercera parte, “Internaciones breves”, la disputa es por quién habla en el estado clínico, quien escribe el historial. La tía Coca abre con un epígrafe que advierte el riesgo de trabajar en un loquero, Susana escribe sobre ciervos y corta las dudas en pedacitos, José y Raquel diagnostican sobre Nahuel y Julián trastornos psicológicos, una voz en off dice escribo bien, te juro/ (…) pero acá/ (…) hay interferencia. La escritura se hace carne: escribí la letra/ de mi tema preferido en la muñeca/ uno de radiohead, salió/ demasiada sangre y me asusté y remata cambiando la voz y la continuidad del mensaje El psiquiatra dice/ que después cantó/ la canción completa y deja en claro que quien cata último, canta mejor. Los sucesos se dan a conocer mediante el chisme en una reunión de cincuentonas: ¿vos sabés/cómo quiso matarse/ esta hija de puta?. La palabra es carne (Tatuarse la palabra/ gay con un cuchillo) y su falta es la peor enfermedad del capítulo (angustia de Beatriz al decir Cartas no me escriben, antes sí, mis hijos están lejos, no me escriben (…)) porque es a través de la escritura que accedemos al mundo de Historia clínica.

La última parte se conforma como un coro polifónico compuesto de discursos enquistados en internados e internaciones, la segunda habla el idioma de los ansiolíticos, la primera, la voz del reinado del abuelo. El libro progresivamente se va desprendiendo de ese primer emblema fuerte que todo lo domina y comienza a soltarse sobre las partes finales para mostrarnos que las palabras, las pastillas, los pacientes confunden su lenguaje en el nosocomio del sentido y Maricel Santín escribe para estar del lado que ella elije, sin negar la fuerza de romper un vidrio; tiene la llave (¿la palabra?) y se va todas las tardes cierra, las dos puertas, los deja adentro del entramado de significaciones que ella misma edificó y que ahora se mueve por sí solo, sobrepasando al libro y a sus participantes.

 


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