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13/02/2017 :: NOTAS
Agujas de pino, ruido de hacha, olor a ozono
Reseña sobre Leñador, de Mike Wilson.
Por Joaquín Vazquez.
Fiordo, 2016. 493 págs.

Ricardo Piglia dijo alguna vez que la búsqueda de la experiencia es una de las obsesiones de la literatura norteamericana. Un sobrevuelo por algunas obras y autores basta para confirmar esa afirmación. Podemos pensar, como casos testigos, en Moby Dick, donde el protagonista se suma a la larga travesía del Pequod en busca de la ballena blanca; en la intemperie de Jack London; en la profusa obra de Hemingway y su tematización de la guerra, el amor, la caza o la pesca como intensidades de sentido; en Whitman y Hojas de hierba; en el papel protagónico del sexo en los dos trópicos de Henry Miller; en Kerouac y la salida al mundo de En el camino. En fin, nombres y títulos que no hacen más que confirmar la hipótesis pigliana, pero que también brindan algunas posibles claves de lectura de Leñador, que da cuenta de una intensa búsqueda de la experiencia sostenida por recursos compositivos de la tradición literaria en cuestión. A lo que se le suman las particularidades biográficas del autor, nacido en Estados Unidos, pero educado en Argentina y Chile.

Leñador fue publicada originalmente en 2013, en el país trasandino, por Orjikh, y reeditada aquí en 2016 por Fiordo, editorial que ha dado que hablar tras el éxito que tuvo su reedición de Stoner. Al momento de la lectura habría que tener en cuenta que es una novela exigente, apuntalada por páginas de información enciclopédica sobre el ambiente en el que el protagonista vive; las mismas simulan ser entradas de un diccionario o manual especializado y se intercalan con pasajes de narración que ponen el acento en su experiencia como leñador en los bosques del Yukón, previo abandono de su pasado como boxeador y excombatiente.

Las entradas están ordenadas por libre asociación y confeccionan una lista exhaustiva de herramientas, prácticas culturales, vestimenta y hábitos alimenticios de los leñadores, como así también de detalles de la flora, fauna, geografía y clima de la región. Por su parte, los pasajes narrativos son de una prosa contenida, sosegada, que revela de a poco la gran preocupación del protagonista: Cómo leer el mundo y comprender la propia vida. Esto último puede verse en pasajes como este: “Me enseñaron a leer los anillos de los tocones. Busqué un árbol recién talado y lo primero que hice fue estudiar el corte hasta hallar el círculo que se formó cuando llegué al campamento. Apoyé la uña en la línea y me quedé así por varios minutos, sentado enfrente del tocón, señalando mi llegada. / Ese anillo era el límite. Lo que yacía de ahí hacia el centro registraba otra vida, la que intento abandonar, es madera oscura, colonizada por memorias inciertas y una identidad frágil. Trazo una línea con el dedo hacia la orilla, hacia la corteza, hacia el presente. Comprendo que no hay regreso. Eso me calma, la idea de abandonar los anillos oscuros.”

Lee las marcas del tiempo en el tocón de un árbol talado a miles de kilómetros de su vida pasada. Sin embargo, y más allá de la distancia, la lectura lo expulsa hacia el presente, lo repele del centro inaccesible que yace en el primer nudo ciego. Ese acceso imposible a un sentido total de la propia vida se repite en circunstancias similares: “Uno de los leñadores navajo me está enseñando a identificar huellas en el suelo forestal, cómo rastrear un animal, reconocer las pisadas, y de ellas deducir el tamaño, el peso, la velocidad, el rumbo y la antigüedad del rastro. / Es un hombre callado, lee el bosque, ve rastros en el suelo que a primera vista yo no vislumbro. Detalles, una brizna doblada, un cambio de tono en la tierra, la orientación de las agujas de pino. A veces toma puñados del suelo y los huele. / Fuimos tras la pista de un oso. Caminamos en silencio, deteniéndonos de vez en cuando. Yo lo observaba, tratando de entender qué era lo que veía, qué descifraba.”. Esta vez la lectura incluye más variables. El escenario es el bosque y ya no el tocón. Lo buscado, un oso, aunque bien podría ser cualquier otra cosa que deje marcas.

En Leñador la lectura no sólo se analoga con, sino que es la vida, que se ubica en primer plano al destacarse a contraluz del pasado en el que los signos cotidianos se sumían en el anonimato de la igualdad. El cambio radical de vida supone una salida del mundo en el se ha vivido hasta entonces. Una consecuencia de esto es la nueva valoración del contexto, que expone al lector a un ejercicio constante de aprendizaje, de allí la necesidad de definir cada elemento determinante del entorno forestal. También es necesario tener en cuenta que el único libro que aparece en la historia es un viejo manual agropecuario, leído, subrayado y marcado por muchos leñadores antes que el personaje principal, que lo lee cada noche con devoción religiosa. Eso conduce a que uno se pregunte si cada entrada consignada en Leñador debe entenderse como el texto que está leyendo el narrador, como una transcripción de lo leído en el manual en cuestión o como la dimensión íntima de lo aprendido.

El libro de Mike Wilson es entonces una novela de aprendizaje, teórico y práctico, pero a la vez es mucho más ambiciosa, porque intenta ser la prueba de que todo conocimiento se desvanece en el presente puro, en la contemplación desinteresada de la novedad radical de los aromas del bosque, las auroras boreales, el comportamiento de los animales o la presencia solemne de algún Tótem. Es también un manual y una novela casi sin narración: una novela informativa, si eso no es un oxímoron.

El final es apoteótico. Una oración de casi treinta páginas, sin entradas, que escande la respiración y el sentido por el uso incansable de comas. Allí cobra importancia cada definición dada con anterioridad, cada entrada, cada dato. Lo que hasta entonces eran unidades separadas pasa a formar parte de un todo, de un mundo que no conoce divisiones. La vida ya no es una, mía, tuya o suya, es La Vida, con mayúsculas. No hay leñadores, hachas, piedras árboles por un lado y animales, río, nubes y volcán por otro. Hay La Vida, continua y paralela, vibrante y concreta.

Agujas de pino, ruido de hachas, olor a ozono. “Ayer derribé mi primer árbol. Era un pino, me demoré. Las manos me sangraron, mi espalda no deja de acalambrarse. Lo extraño es que no sentí nada cuando se derrumbó. Justo antes de caer, el tronco crujió, adentro la madera comenzó a quebrarse, sonó como la descarga simultánea de un centenar de rifles, y luego la caída y el impacto. / El choque del pino contra el suelo del bosque fue grave, tanto así que lo sentí más que escucharlo, como si al caer chupara el aire y al chocar lo devolviera en una ráfaga violenta y con un martillazo en el pecho. No me lo esperaba, casi me caigo de espaldas. / Y después silencio. Silencio absoluto. Estaba solo en el mundo ante un pino derrotado. Me quedé ahí un rato, a un costado del tocón, como esperando que algo ocurriera. No pasó nada. No sentí nada. / Tomé el hacha y regresé al campamento.”.  


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