Martes 25 de julio del 2017


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10/04/2017 :: NOTAS
El milagro de la sed
Loa a Abelardo Castillo. Por Joaquín Vazquez.
Escribo por el milagro. Por la suspensión momentánea de las leyes naturales. El milagro se apellida Castillo. Su nombre es Abelardo. Olvidémonos de que escribió cuentos, muchos de ellos memorables. Olvidemos que escribió teatro. Pasemos por alto que escribió poesía, todavía inédita, aunque se encuentren algunos poemas sueltos en Google. El milagro son sus novelas. Una de ellas es prescindible, El evangelio según Van Hutten. El milagro son, entonces, Crónica de un iniciado y El que tiene sed. Pero por su extensión y complejidad formal, por lo monstruoso de su vuelta sobre la cuestión de la tradición literaria argentina y occidental, por la bendición de su tono maldito y la simbología del mal, dejemos también (perdón) fuera de consideración a la primera. Escribo por El que tiene sed.

Por uno de esos azares felices que cada tanto inciden en nuestra vida, en el secundario tuve una profesora de literatura que nos lo presentó. Antes de leerlo pensé que “Abelardo” era nombre de viejo e imaginé esas fotocopias como una frente arrugada y ojos con patas de gallo muy pronunciadas, motivo suficiente, en ese entonces, para no leerlo. El prejuicio se atenuó cuando, todavía imaginándolo, escuché la palabra “alcohólico”. Ahí decidí que iba a leerlo. Llegué a casa y leí Conejo. Me fascinó. Seguí con Hernán, La madre de Ernesto, El candelabro de plata. Ya no había vuelta atrás. Esos eran cuentos: redonditos, sorpresivos, intensos.

 Un par de años después, ya en la universidad, con su nombre casi desdibujado, me enamoré de una estudiante de letras que era fanática suya. Así llego El que tiene sed, como una recomendación amorosa: “¿Cómo no lo leíste?”. Hacia ahí fui. Busqué en la biblioteca de la universidad. Estaba. En la contratapa, aquel viejo que yo había imaginado, transpiraba en blanco y negro con treinta y pico de años y la mirada desencajada. En las reediciones que vi hasta ahora, no hay foto que coincida mejor con sus páginas.

 El joven escritor Esteban Espósito deambula atormentado por los recodos de su memoria castigada. No sabe si escribe sobre él o sobre otro que pudo haber sido él, o que fue él mismo, pero bajo condiciones que los distancian tanto de su percepción de sí, que borran sus contornos. Espósito se ve difuso, no hace foco, como si estuviera ebrio. Ve y recuerda parcialidades en una progresión temporal ilógica. En un torbellino que lo arrastra cada vez más hacia el fondo de la botella.

 Tuve intenciones de robar aquel ejemplar. Tanto dejé de mí en su lectura que no podía prescindir de él. No lo concreté nunca por mis buenos modos y mi sentido de lo correcto. Me arrepentí de ser tan estúpido hasta que llegó a mis manos una reedición. Me la regaló para mi cumpleaños un amigo que también se fascinó tras leerlo. Espósito volvía a mis ojos con su temor a la locura. Emergían escenas que no recordaba haber leído, como esa en la que estando en calidad de amante (o casi) en el departamento de una mujer más joven que él, se resiste durante un largo diálogo a tocar el whisky que espera ambarino y ominoso en el centro del capítulo. Hasta que cede, claro. Y como el pico de la botella es dosificador y él ya está temblando, sin paciencia, decide romperlo contra la mesada para que el líquido salga libre. Lo cuela (y ese gesto mínimo es un cálculo matemático de la pluma maestra de Castillo), se lo toma y se cruza al bar de enfrente para no castigar tanto su imagen de tipo orgulloso y suficiente, que puede mantenerse incólume frente a la belleza anonadante de un par de ojos femeninos, que sin embargo pueden menos que la botella.

 Al libro que me regaló mi amigo, se lo presté a otro que nunca me lo devolvió. Lo esperé por años. Lo espero todavía porque le hice muchas marcas que hablan de mí, de mi asombro y del que era en esa época. Como no llegó y otra vez apareció misteriosa la edición pocket, besé su lomo y lo compré.

Espósito crece con cada lectura. Su ironía y violencia, su cinismo frente al mundo y a la inteligencia mediocre del resto de los mortales lo convierten en el antihéroe intelectual más fuerte y mejor logrado de nuestra literatura. Cuando escribo “fuerte” quiero decir “real”, aunque los límites de eso que se entiende por realismo no alcancen a contenerlo del todo. Ahí donde la locura se vuelve tema junto con la amenaza del delírium trémens y las vocecitas tiernas de la psicosis, los recuerdos de Espósito consignando las perlitas de su memoria rozan el horror metafísico. La monstruosidad no de lo deforme, sino de lo sin forma. Lo asola la certeza de estar desintegrando un hígado al tomar perfume, luego de lograr ingresar en un psiquiátrico para dejar de beber y establecer contacto con el loco más celebre de los manicomios: un poeta llamado Jacobo Fiksler (léase, Fijman). El mal tiene la fórmula química del alcohol. A la vista, pasa por agua. Puede arder. Puede diluir.

La palabra que me sacó del primer ensueño castillesco fue “alcohólico”. “Castillo fue alcóholico trece años”. No hace falta saber cuántos días o litros son eso. El milagro es su recuperación. No se sabe mucho. Alguna vez dijo que si alguien quería saber de él, debía leer sus libros. Es un buen indicio para especular. No creo que Espósito se identifique palmo a palmo con él. Sin embargo, la potencia avasallante de la prosa de este libro no es cotidiana. Castillo hizo un pacto con el demonio: a cambio de la dipsomanía, testimoniaría el horror del infierno para que los ateítos como uno se solazaran entre los símbolos desperdigados en la novela cual cerdos en el chiquero para decir obnubilados “Mirá, mirá”, apenas balbucientes. La sed se calma con agua de otra fuente. El milagro es que esa fuente nos salve de esta en la que estamos, nos movemos y somos. Salú.

 


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