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24/04/2017 :: COMENTARIO
Tratado sobre la patria: Walsh asesino de Vandor
Por Nicolas Ghigonetto
El mango vayan soltando
Ya no existe la sartén
Benedetti – Cielo del 69
Si bien la hipótesis que dice que Rodolfo Walsh fue el asesino de Augusto Timoteo Vandor es una de las más débiles, fue el periodista quien le dio un asesinato literario previo a su muerte física. Permitámonos realizar una Historia Alternativa, una disrupción temporal que cambie un elemento del orden en que sucedieron las cosas. Preguntémonos e imaginemos, ¿por qué no podemos ver un sindicalismo en los 60 sin Augusto Vandor? Al igual que Pavana de Keith Roberts que imagina una Inglaterra sin la Revolución Industrial, Walsh afirma que es casi imposible pensar un sindicalismo sin sus negociadores.

Probablemente, si al lugar no lo ocupa Vandor, lo hace otro. Pero fue a este a quien le tocó llevarse el papel estelar.

Cuatro son las hipótesis más fuertes de su muerte. Dentro de estas, las menos probables son dos: a) la de una organización revolucionaria de la que Walsh era integrante y b) la de un comando de la CIA. Pero existen otras dos mucho más probables: c) el mismísimo Perón, quien en años anteriores había hecho declaraciones públicas y privadas en contra del dirigente sindical y d) la de las fuerzas armadas para hacerle un boicot a Onganía. Pero, probables o no, no hay resolución probada del hecho.

Van Thorpe (o Vandor, conocido popularmente) se inició en la Armada Argentina a los 18 años pero a los 24 años decidió retirarse. Este hecho marca las sospechas de un vínculo con los agentes secretos del ejército. Su carrera gremial tuvo ascenso durante la caída de Perón y el auge de La Resistencia Peronista, post golpe del 55. Este ascenso estuvo plagado de su peculiar carácter “negociador y entreguista”, a decir de Walsh. Su ideología estaba marcada por un par de ideas: por un lado, pensar un país, más precisamente, un peronismo, sin su líder exilado, no pensar en su regreso ni desearlo, omitirlo, en lo posible; por otro, en establecer pactos con los gobiernos de turno realizando una política de “golpe” y “negociación”, en la que se exija un derecho y se negocien sus aristas; se desentendía de la visión clasista del obrero, cosa que permitía pensar al movimiento sin identidad ni ideología y, ergo, para Walsh, sin horizonte combativo. Si la clase obrera no exige constituirse como tal, no hay motivos para no rescindir sus valores y derechos esenciales.

Este último punto, además del carácter negociador, era el que más le molestaba a Walsh. Para Vandor, el sindicato era parte del poder, lo constituía y, como tal, negociaba los problemas de los desamparados del poder, dentro del poder. Para el periodista, la lucha de clases era inherente a la lucha sindical y era factor necesario para disputarle al poder el cual no era del pueblo si no de la burguesía que se amparaba en el estado para hacer de las suyas. Este sistema, con el gremio inserto en el estado, ya había sido llevado a cabo con el mismísimo Perón, pero, dentro de su gobierno, existieron mecanismos que otorgaban directamente poder a los sindicatos y autonomía, como, por ejemplo, la inclusión de los derechos del trabajador en la constitución o la inclusión de sindicalistas en ministerios o secretarias importantes del gobierno. Pero, con la constitución derogada por la revolución del 55, sin dirigentes leales dentro de los gobiernos que se sucedieron en la década del 60 y sin Perón a la cabeza, las condiciones no estaban dadas para hacer negociaciones porque negociar era entregar.

Vandor fue, para sus allegados, un tipo humilde que no había progresado económicamente. Su labor en la Phillips como soldador lo introdujo en la UOM de Capital Federal, donde lo elegieron Sec. General. Su crecimiento estuvo plagado de pactos con los gobiernos de turno. Fue Sec. General de la CGT entre el 61 y el 63, en una dirección conjunta y provisional. Presionó para que Alonso deje ese mismo cargo que ocupó entre el 63 y el 65 e hizo que entre Fernando Donaires al mando.

En este período es cuando más poder tiene el dirigente y cuando Perón más lo odia. Las cartas de Perón a Alonso en las que trata el tema Vandor datan de 1965. Pero en 1968 la fractura con Perón comienza a decrecer. Ongaro forma la CGTA, en la que Walsh está inserto, Onganía se vuelca en contra del sindicalismo y éste reacciona con la unión. Vandor estaba cada vez más cerca de Alonso, ya que el primero veía que, con Perón en contra, sus aspiraciones políticas decrecían.

Pero para los grupos revolucionarios de izquierda la unidad no era un hecho. A Walsh le molestaba su carácter entreguista y su visión del obrero despojado de su clase. Peor aún, en el último capítulo de ¿Quién mató a Rosendo? deja en claro quién es Vandor y qué capital cosechó para llegar a ser un elemento indisociable de la época. Casi ingenuamente, el periodista logra balbucear que no se imagina un sindicalismo y una época sin el sindicalista. El entramado político y de poder lo necesitan, es parte. Por eso que se tapa el asesinato de Rosendo, por eso que en un disparo se deja ver todo el espectro político de la época. Vandor asesina a Rosendo García porque es quien le puede hacer sombra, allá por 1966. ¿Quién y cuándo lo deschaba? Walsh, desde el periódico de la CGTA en el 68. Ya no era Vandor lo que había sido. Perón lo veía débil pero Walsh, impune. ¿Qué es, diría Blajaquis, el peronismo sino la expresión universal de la lucha de un pueblo? Ese es el peronismo de Walsh, el de la justicia. Por eso el libro, por eso en un mes tamaña investigación balística.

Para Walsh no había medias tintas ni en el 66 ni en el 68 ni después. Él asesina a Vandor con la denuncia pública de haber matado a un compañero. Mantiene la rabia encendida, en el 68, con una fractura expuesta del sindicalismo que dejaba ver el tendón de Ongaro. Y ahí se encolumnaba Walsh, lejos de pactar una unión momentánea de los sindicatos. Pero también lo asesina con el disparo. Su participación en Montoneros data de unos años más adelante, en el 70 aproximadamente. Pero hay una hipótesis intermedia entre las que mencionamos más arriba: un grupo armado que luego se incorpora a Montoneros. No es factible por la logística, pero fue ese grupo quien se lo auto adjudicó. Y, si bien Walsh no participó de ese grupo que se hacía llamar Ejercito Nacional Revolucionario, podría haber estado en cualquier otro grupo indignado por la actitud de Vandor ante el momento que se estaba viviendo.

La dos primeras hipótesis expuestas al comienzo son altamente improbables: la que compromete a Walsh, por su incapacidad para tamaño atentado, la que atañe a la CIA por su manera de actuar no concordante con otras intervenciones. Pero, como adelantamos, se puede anexar una nueva posibilidad dentro de este grupo de improbables que se desprende de la primera y que se emparenta con las otras dos siguientes: un grupo revolucionario de izquierda que hizo caso al significado literal y belicoso de las palabras de Perón.

Al líder que se encontraba en Puerta de Hierro, unos años antes al 69, le convenía que Vandor desapareciera del mapa político, pues su coqueteo con el poder y su ninguneo hacia el mandamás eran constantes. En la carta fechada el día 7/1/66 Perón le decía a Alonso: “Este es un principio estratégico de la conducción que nunca debe olvidarse. En esta lucha, como muy bien lo ha apreciado Usted, el enemigo principal es Vándor y su trenza, pues a ellos hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel.” Y agrega más abajo, “si es preciso que yo expulse a Vándor por una resolución del Comando Superior lo haré sin titubear, pero es siempre mejor que, tratándose de un dirigente sindical, sean los organismos los que lo ejecuten. Si fuera un dirigente político, no tenga la mejor duda, que yo ya lo habría liquidado.” Dejando en claro que él no lo va a matar por su carácter de dirigente sindical y prefiere que lo destituyan las organizaciones.

En una carta del 3/11/66 a Cooke, el jerarca máximo del Movimiento decía: “En este momento la masa peronista se encuentra organizándose en la clandestinidad con fines de insurrección en todo el país. Su posición es firme y aun, los que no se encuentran aún ligados a los organismos clandestinos (comandos) se sienten inclinados a la resistencia en distintas formas, esperando lo que ha de ocurrir irremisiblemente”. Cosa que hace pensar en la hipótesis del asesinato de una facción de la Izquierda Peronista que se agrupaba en comandos. Y agrega más adelante: “Yo también era pacifista hasta el 9 de junio (masacre de José León Suarez) pero, después de los crímenes cometidos por los tiranos, apoyados por los partidos políticos, ya no tengo esperanzas que esto se pueda solucionar sino en forma cruenta.”

En 1967, en una carta a Susana Valle dice: “Creo que en este momento es preciso ajustarse a una conducción táctica: unida la rama sindical y organizado clandestinamente el Movimiento, será preciso volver a desarrollar la solidaridad gremial perdida y trazar ya los planes de lucha de conjunto, mediante una organización, preparación y conducción táctica apropiadas, lo que sé que ha de realizar bien Alberte. Por eso desde ahora es preciso que los peronistas se subordinen al Comando Táctico con la mayor obediencia y disciplina porque nada se podrá lograr ni en la inorganicidad ni en el desorden.”

En el 68 le decía a Jauretche: “La situación Argentina en la hora que nos toca vivir ya no puede ser de enfrentamientos parciales: es preciso vencer los divisionismos suicidas como única manera de alcanzar la necesaria unidad y solidaridad ciudadana, que nos permita enfrentar unidos a la línea nacional que domina.” Gradualmente, Perón va de la confrontación a la unidad, pero sin dejar de aceptar la organización de comandos y clandestina.

Tras el gobierno de Onganía y la determinación de unir al sindicalismo, ya no era factible que Perón lo quiera a Vandor por fuera de sus filas. Es más, habían retomado las conversaciones (Vandor lo visita a España) y el ex presidente le dice en abril del 69: “(…)a usted lo matan; se ha metido en un lío que a usted lo van a matar. Lo mataban unos o lo matan otros, porque él había aceptado dinero de la embajada americana y creía que se los iba a fumar a los de la CIA. ¡Hágame el favor! Le dije: ahora usted está entre la espada y la pared: si usted le falla al Movimiento, el Movimiento lo mata; y si usted le falla a la CIA, la CIA lo mata. (…)”

Y a Ongaro le dice en 1969, unos meses después de la muerte de Vandor: “Con lo que está pasando en el país, pienso que está llegando la hora de la "Guerra Revolucionaria", de la que Brasil y Uruguay nos están dando el ejemplo pero, para ello es necesario alcanzar una organización casi perfecta. Esta modalidad de la lucha popular, que no es original ni nueva, es la guerra de guerrillas llevada a los centros urbanos y realizada allí con toda clase de recursos en procura de desgastar al poder para imponerle una decisión incruenta si es posible y si no violenta.”

En marzo de 1968, Walsh formó parte de la CGTA que, con Ongaro a la cabeza, se oponen a las actitudes entreguistas de la CGT Azopardo que comanda Vandor. A mediados de 1968, lo golpea en el abdomen y lo salpica con la sangre de Rosendo con la publicación de las notas que lo acusan de ser asesino de su compañero en el tiroteo de la pizzería La Real dos años antes. De hecho, el libro que reunió esas notas se llamó ¿Quién mató a Rosendo?, para acusar deliberadamente a Vandor y bien podría haberse llamado “¿Quién mató a Blajaquis?” o “¿Quién mató a Zalazar?” luchadores que se emparentaban más con la ideología de Walsh que la de Rosendo García. Perón marca la cancha desde el exilio, arma partidos para ganar elecciones en provincias importantes y dirige acciones para armar facciones clandestinas del Movimiento. Y, como se dice en el boxeo, cuando se pega al cuerpo la cabeza cae sola. En 1969 asesinos anónimos (y en los anónimos entran todos los posibles) remachan a un Vandor que estaba frito por sus propios pactos, sus propias acciones.

Walsh no podía imaginar una política sin Vandor porque el entramado sistémico le había dado un poder tal que era pieza fundamental. El excurso de la historia nos mostró cómo los acontecimientos pueden seguir sin él. Si en los 50 se hubiera querido imaginar una Argentina sin Perón, el resultado serían los 60. Si se quisiera, en los 60, eliminar a Vandor, su resultado son los 70. Sin Alonso, sin Rucci, lo misma. Argentina no necesita una ciencia ficción porque su historia es un excurso constante.


 


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