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26/05/2017 :: NOTAS
Montmo de Fernado Marquez
Por Nicolás Gighonetto
Montmo (Parientes editoria, 2016) de Fernado Marquez tiene la siguiente consigna: la enfermedad se apropia de nosotros y comenzamos a vivir en relación a ella. Se teje desde el comienzo, Hirohito, emperador japonés, siente algo amargo en su boca y no es el té ni los alimentos. Lo amargo está en él. Ezequiel Martinez Estrada aparece como un padeciente del avance de las masas durante el peronismo en el poema II y en el inmediatamente posterior se explica: “según una oscura pero verosímil etimología, la palabra epidemia no deriva de EPIDEMOS sino de la palabra griega EPIDEMÍA que significa `visita´, `llegada a un lugar´ (…)”. Esta exterioridad se ve reflejada en el poema VIII en el que se alude a una vieja tradición chamánica en la que el enfermo debía permanecer en una jaula con una fiera. Al domarla (a la enfermedad/a la fiera), el enfermo estaba curado. Algo parecido ocurre en XIV donde se menciona la anécdota de las mujeres de Massachusetts dominadas por una histeria que las instaba a abortar con el pretexto de que “lo que llevaban en sus vientres no les pertenecía, porque lo que llevaban dentro era un intruso”.

La escritura para Montmo es también una epidemia o una visita; y de aquí surge una semejanza con Alien, el octavo pasajero. En el poema IV se alude a ella como la causante de la muerte de la eternidad y la llegada del tiempo. Esta epidemia afecta también, algunos poemas más adelante, a Otto Fizch, artista austríaco, que decide abandonar el mundo y regresar a un estado prenatal a partir del abandono del lenguaje.

El poema IX dice: “los médicos no curan” y podemos agregar que, peor aún, “hacen visitas”. Todo lo que “visita” parece una enfermedad en Montmo. En III leemos: por ejemplo, el tratado hipocrático titulado APIDEMIÓN BIBLIA HEPTÁ fue traducido como `Los siete libros de epidemias´ cuando en realidad su sentido es `Los siete libros de visitas´ en referencia a las visitas médicas.

El libro se va constituyendo a sí mismo con palabras ajenas, alusiones mitológicas o culturales remotas. Del peronismo a Japón y de ahí a una tribu chamánica. Pero todo eso cobra sentido en su interrelación. Las páginas van cultivando una especie de epidemia donde los significados forman telarañas en las patas de la cama, las intersecciones de las paredes pero también en el centro de la mesa, donde se come, se habla, se realizan las actividades cotidianas. Cada expresión tiene su correlato.

Se compara en X a un animal con un adicto y se les atribuye un estado superior e inmediatamente en XII se celebra la aspiración budista de la ciencia de “eliminar de manera absoluta y definitiva el deseo”. Luego, se trae a colación a Remo Erdosain como un ser “ordinario” que desea “extraordinariamente”, como Madame Bovary y al escritor Bobi Bazlen quien deseaba demasiado e inalcanzablemente como para convertirse en un escritor común y corriente. Esta fórmula del deseo remata en XXXI: La libertad es la ciencia del deseo.

El puente se constituye así como una nueva red de significados: se habla de la batalla del Puente de Milvio, de Anco Marcio como el primer “hacedor de puentes”, de los hijos como “puente (s) con el mundo”.

El libro tiene una escritura, por momentos, similar a Made in China de Federico Falco, pero por momentos introduce variaciones en el registro gracias a diarios íntimos, narraciones tradicionales, poemas verticales. Todas formas diferentes para engendrar a un mismo monstruo.
 


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