Lunes 24 de julio del 2017


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12/07/2017 :: ENTREVISTA
Lxs poetxs locales- II
Que quede una huella
Entrevista a Elena Berruti por Joaquín Vazquez

La Universidad Nacional de Río Cuarto vuelve a ser el lugar que nos recibe como entrevistadores. Los cubículos se repiten. Esta vez estamos en el mítico B 4, donde nos recibe Elena Berruti. Hay cuatro escritorios y algunos profesores entran y salen mientras grabamos la entrevista. Nos ofrecen té y aceptamos. Es un día muy frío, los dos estamos con fiebre. Elena es poeta, docente de las carreras de Letras, fue editora de UniRío, ha dado infatigables talleres de escritura y se desempeñó como animadora cultural. Por la ventana se ve el estacionamiento y el cielo gris. Cada tanto suena el teléfono. Lo escucho mientras desgrabo y edito la charla que tuvimos.
 Antes de irme, Elena me muestra un arsenal de materiales que trajo para la entrevista: publicaciones colectivas de Caja negra y Borde 5, agrupaciones poéticas independientes en las que participó durante fines de los ochenta y los noventa. Pero expresado de esta manera no se le hace justicia al cariño con el que ella evoca las reuniones de esos grupos, que también funcionaron como talleres. Se nota cierta vocación vanguardista en las plaquetas y fanzines, donde hay una apuesta estética muy potente que cruza imágenes y texto. Más aún, algunas de esas publicaciones iban acompañadas de cassetes, marca epocal mediante, donde se escuchan las voces de los autores. Parecen haber atendido todos los detalles con una minucia que exhala dedicación y compromiso. Véanse las imágenes al final de la entrevista.


La primera, la clásica, Ele: ¿Cuándo empezaste a escribir?

Es lo que vamos a decir casi todos. Creo que somos las mujeres las que más nos animamos a decirlo. Cuando éramos adolescentes escribíamos y eso nos resulta hipervergonzante. Es un material que allá quedó, en algún lugar de mi casa. Formaba parte de lo que era la adolescencia en la época en la que la viví. Tengo cincuenta años. Era parte del fenómeno entre hormonal y de la adolescencia en una época compleja a nivel nacional y local, pero también a nivel familiar, íntimo. Una de las grandes premisas era “De eso no se habla”, a pesar de que en mi casa yo viví realmente una infancia bastante agradable en una familia monoparental, con mi mamá. Con ella, de todo lo que sabía, sí se hablaba, pero muchas cosas no se sabían. Los psicólogos después dirán que nuestra generación no tuvo una adolescencia propiamente dicha, en el sentido de los duelos a la autoridad, y por eso andamos por la vida así como andamos [Risas].
De aquella época vergonzante, de poesía rimada, ñoña, rosa, etc., no supe nada más. En quinto año tenía muy claro que iba a estudiar letras, aunque también me gustaba matemática y curiosamente no escribía. Ya hacia el último año de la secundaria no escribía poesía, que es lo único que he escrito. La carrera generó en mí una obturación que es muy frecuente. Si bien era bastante lectora, compulsiva, voraz, de todo lo que encontraba, la carrera generó en mí un efecto de retracción de la escritura poética. Lo pude retomar, pero más que retomar, te diría, pude empezar, de verdad, a escribir poesía en un taller literario, el taller Caja negra. Les debo a los compañeros de Caja negra ser poeta. Se los debo completo.
Eso fue allá por mediados de los ochenta. La más memoriosa es Rosana Rodeghiero, del taller, habría que consultarle las fechas a ella. En aquella época me invitaron porque había varios compañeros de la carrera y amigos de otros lados que se reunían donde se podía una vez por semana a la noche, después de estudiar, de laburar. Se reunían a jugar con disparadores de escritura, a escribir y compartir textos ya escritos. Poetas y narradores, eh. Había reuniones en las que éramos veinte o más y reuniones en las que éramos un poco menos. Con Claudio Asaad decimos que Caja negra, y después el Borde, porque derivó en eso, (otros compañeros ya eran Los poetas del aire, José Di Marco era uno de ellos, pero siempre hubo un vínculo), en realidad lo dice él y yo lo tomo, nos salvó del vacío de los noventa en términos, como vos decías, generacionales. Hicimos performances, publicaciones, programas de radio producidos por nosotros, a la madrugada. Fue un período de una gran efervescencia antes de la nada misma. Yo les debo ser poeta a Caja negra.

¿Persistieron los temas de tu escritura adolescente en la época de Caja negra?

Por suerte no [Risas]. Porque desde aquellos poemas olvidables me había leído todo lo que pude de poesía, mucho más que de narrativa. Sin percibirlo de un modo conciente, eso más la formación de la carrera de los primeros años, que fue una apertura de cabeza impresionante. Pero, no. Caja negra me desafió mucho con los disparadores y las propuestas. Íbamos rotando la coordinación, no había un coordinador, era como muy vertiginoso todo. Me gustaba mucho. Tengo los mejores recuerdos. Y aparte tengo producción de esa época, la que circuló en varios formatos con el sello de Caja negra. Hay mucho no publicado también, a lo que a veces vuelvo para reversionarlo o reescribirlo, la recuerdo con mucho afecto y mucho reconocimiento a esa etapa.

¿Cuál creés que fue la transformación poética que Caja Negra produjo en vos, a todo nivel?

Pasé de ser una chica que estudiaba letras y que despuntaba el vicio de hacer algún ejercicio de escritura privado y que no le mostraba a nadie, a la vez, ya estaba dando talleres literarios para chicos en el Galileo, con una formación que la carrera no me proveyó, entonce también esas niñeces me nutrieron un montonazo. Pasé de ser esa chica de letras que daba clases a los niños del taller, y que cada tanto tenía ganas de ser una de esas nenas que estaba en el taller, a ser poeta.

¿En qué momento comenzaste a percibirte a vos misma como poeta?

Con Zócalo, con mi primer libro en solitario, que es muy tardío. Fue editado por Cartografías. ¿Por qué te digo esto? En las publicaciones colectivas con Caja negra y Borde 5 nos decíamos entre nosotros vos sos poeta, has publicado en tal y tal lugar, o leíste en tal otro. Pero sentí que cuajaba mi poética o un segmento de ella, primerizo, en Zócalo. Aunque creo que no hubiera sido posible de no haber mediado todo este trabajo anterior. Insisto con eso. En las publicaciones colectivas vos te sentís muy respaldado por el grupo, sos una más junto con los otros compañeros.
Me acuerdo cuando vi la tapa de Zócalo, que la estaba diseñando José Amman en casa y que decía “Zócalo- Elena Berruti”, la soledad del autor ahí en la tapa, dije “Guau, bueno soy poeta”. Antes lo había percibido, pero ahí tomé conciencia y responsabilidad, seriedad, más que en las ediciones colectivas.

¿Por qué más seriedad?

Más responsabilidad. En este sentido: ¿qué es lo que ponemos a circular para que los otros lean?



¿Qué debería poner a circular un poeta?

Lo que pone es lo que puede. Lo que tendría que poner, como un sueñito, en lo personal –estoy haciendo un borrador de libro, así que estamos justo en el momento- me parece que los lectores y lectoras merecen mucho trabajo de escritura. Aunque no se note del todo y parezca que todo fluyó mansamente. Merecen también que se les de tela para que se emocionen para que se movilicen, para que se molesten, para que algo les pase, para que una marca, una huella, quede. Estoy atenta a eso, además de estar atenta a ser genuina en la expresión de mi yo poético. De mi modo de habitar el lenguaje.

¿Cómo empieza un poema?

Por todos lados. Por cualquier lado. Cuerpo, sensibilidad. Es caótico, aleatorio. A veces hay algo que alguien dice o que alguien vive, que no necesariamente soy yo. A veces es algo que leí y que no puedo sacármelo de encima. Otras veces es una percepción muy sencilla. Hablo de lo sensorial. Siempre para mí es la cotidianeidad. Vaya a saberse qué es eso. No sólo la propia, puede ser de otros muy ajenos.
También un poema puede empezar, lo estoy pensando en este borrador…necesito siempre empezar desde el silencio. No sé en Zócalo. El primer libro es el primer libro. Vos sabés eso. Es raro, es un bicho raro el primer libro. Mucho hipercontrol en mi caso. En Pan apenas blando sentí que me dí el gustazo de mandarme el libro así de una. Y ahora me parece que estoy habitando más cierta mesura. Por eso te hablaba del silencio, de la quietud y el silencio. Se van a reír mucho de esto que digo los editores cartógrafos, porque va a haber poemas extensísimos, verborrágicos, como una puede. No sé si son los tiempos o la etapa de la vida, pero me parece que el silencio y la mesura tal vez sean el momento previo a algo más desbordado, ojo. Ahora estoy más atenta a eso, a contemplar a escuchar.


¿Qué lecturas te han marcado, Ele?


Montón, pero me han marcado poetas. Te voy a hablar de poetas si te parece. Descubrí a Gelman medio así a los tropezones cuando todavía estaba en la secundaria. De a pedazos. Un libro prestado, otro de compraventa alguno medio choreado [Risas]. Gelman fue el primer poeta que me alucinó y continúa haciéndolo. Después descubrí a Alejandra Pizarnik y me apasionaba de un modo mucho más agónico. Si bien su lectura sistemática fue posterior, los recuerdo como los primeros poetas.
En aquellas épocas mías de muy chica, por una cuestión familiar, leía poemas de Susana Michelotti, que era amiga de mi mamá. Después la vida dio sus vueltas y terminamos editándola. Hubo mucho desorden después. Leía antologías de poesías argentina o poesía hispanoamericana que se usaba mucho todavía esa denominación.
En la carrera hay un predominio de la narrativa por sobre la poesía como género. En Introducción a la literatura, con Marta Cisneros, todos descubrimos o leímos un poco más asiduamente a Juarroz y a varios poetas argentinos. Después fue Juana Bignozzi, enorme. También me vinculé mucho con poetas varones vinculados con el compromiso social. Fue un momento como lectora: Urondo, Santoro. Me llevaron también a memoriar. Estos que te nombro no los abandoné ni me abandonan. En Caja negra nos leíamos entre nosotros y era maravilloso. Admiro la poética de varios de mis compañeros locales, en especial la de Claudio Asaad y José Di Marco. Soy fan, así de sencillo. También me gusta mucho la poesía de Daila [Prado], y ella no escribe poesía hace rato y la extraño.
Con los compañeros trabajo en una cátedra, Teoría III, que está vinculada a la enseñanza de la teoría dedicada a la poesía. Así que también es mi material de trabajo docente, y me encanta contagiar a los chicos cuando llegan a cuarto año y dicen “Profe, a mí la poesía no me gusta.”. Y que lleguen a fin de año diciendo “Ahora me gusta.”. Eso forma parte de mi profesión. Es un remolino porque cada grupo te hace revisar otros escritores, tradiciones, reponer, sacar, ir y venir. Poesía de afuera, del exilio, literatura continental, en otras lenguas.
Este año volví a dar talleres de poesía en casa y los talleristas te van desafiando. Volvés a tus poetas, pero volvés desde otro lugar. Más allá de que vuelvas a los mismos libros. Alicia Genovese es para mí una escritora tremenda. Diana Bellessi también. Me olvido de un montón, pero va por ahí.
Un hito que tuvo mucho que ver con mi segundo libro en solitario fue una clínica de poesía que hicimos varios compañeros poetas con el gran Javier Adúriz. A quien adoro. Adoro su poética. Porque las oportunidades que tuve de escucharlo fueron cuando vino al Aguante Poesía a Río Cuarto y cuando dio la clínica. Salieron varios libros de esa clínica. Con su generosidad y con su autoridad. “Andá por acá. No tengas miedo. Raspá hondo, andá más profundo.”.

Ele, me da la impresión de que tu generación escribe desde una cercanía muy estrecha con la universidad. Es decir, no hay poetas locales de esa generación que no hayan al menos pasado o estén vinculados con la universidad. ¿Cómo ves eso? ¿Hay poesía en Río Cuarto fuera de la universidad

Creo que, mirá, es muy buena la pregunta y te la agradezco porque hay mucha gente que escribe poesía, más de la que creemos, acá y en todos lados. Pero no está visible. De acá hay gente que escribe hace décadas y no ha pisado nunca la universidad. Estoy pensando en los grupos de S.A.D.E. En la nueva S.A.D.E., que ha tenido ahora un resurgimiento. También estoy pensando en la S.E.R. y en un poeta que está solo en la casa y escribe y se lo muestra a un amigo o a nadie, o no se anima, no se atreve, quizás porque no existen los dispositivos para que eso emerja.
Me preocuparía mucho que la posibilidad de escribir poesía estuviese vinculada solo con lo académico. Me preocuparía excesivamente. La academia tiene, como toda institución, vicios que a la poesía, que también es otra institución, mal que nos pese, no le harían para nada bien. Hay mucha poesía fuera de la academia y está muy bueno. Pero también me parece que tendría que haber mucha poesía dentro de la academia, como objeto de estudio, los poetas y las poéticas, particularmente hablando. Intercátedras, interáreas, intercarreras, por qué no, transversalmente. Porque entiendo que, además, la poesía es un modo más del conocimiento. No entiendo cómo puede estar ausente, tanto en su faz de lectura, como de escritura, la reflexión sobre ella y el estudio de la misma. Por suerte, gracias a los dioses del Olimpo, hay gente fuera de la universidad que escribe a patadas.
En el caso de la generación tuya, pienso en vos, pienso en Nico [Nicolás Ghigonetto] y en tantos que quedan fuera de esta nómina y que han tomado un poco la posta en el Aguante Poesía y con la iniciativa de la Feria de Editoriales Independientes…lo veo con tanta satisfacción y entusiasmo, que haya una movida al respecto. Esto mismo, sentarnos a hablar, e intercambiar cómo están mirando ustedes aquello que nosotros vivimos hace tiempo y este hoy que estamos, por suerte, compartiendo.

Hace mucho tiempo que das talleres…

Di talleres desde los diecinueve años, para niños. No sé por qué razón la gente que estaba a cargo del Galileo confió en mí con diecinueve años para dar esos talleres. Estaba en segundo año acá [en la universidad]. De primero a tercer grado, primero. Después di ocho años de primero a séptimo. Y esa fue una experiencia de formarme de manera autodidacta porque la carrera no iba por esos lados. Fue mi primer trabajo junto con una ayudantía acá. Me contacté con la creatividad, con el pensamiento creativo, divergente. Los chicos son nuestros grandes educadores. Esos años los capitalizo de una manera increíble a nivel simbólico, creativo. Interpelaba mucho la formación de la carrera.
Después empalmé esos talleres con un programa que había acá en la universidad que se llamaba PROCEDER. Era un programa cultural y educativo para la región. Salíamos los fines de semana. Empezamos con Di Marco a viajar. Viajamos muchos años y después de que él dejó seguí viajando con Anahí Asquineyer. Dábamos talleres para poetas o para narradores de las localidades. Lo organizaban las secretarías de cultura junto con la uni. Pero también para maestros o para profes, para gestores de cultura, o para niños, adolescentes. Nos fogueamos un montón. Eso fue una década, para que te des idea de la dimensión. Pateamos mucho la región, se aprende un montón. Se aprende de verdad a agachar un poco la cabeza. Eso cuajó, terminó gestionándose como un tramo de formación para gestores culturales, que en general eran los secretarios de cultura de las localidades. Venían al campus y tenían una formación bastante completa en gestión, en financiamiento, etc. Yo estaba en la parte de animación sociocultural por la experiencia adquirida en los talleres. Eso también fue muy bueno.
Después no di más talleres. Me dediqué a full a la docencia universitaria. Con tramos vinculados a la conducción de la editorial de la universidad. Desde mitad de 2011 hasta mitad de 2015. El año pasado me agarraron ganas de dar talleres de nuevo, como volviendo al origen. Pero me dieron ganas de darlos en casa, con mis cosas, mis libros, mi música. Ahora estoy armando el tercero, porque son talleres donde el único requisito es saber leer y escribir y no haber editado un libro, como cierta gente que yo conozco [Risas cómplices]. Y tener ganas, animarse. Es un encuentro semanal y dura un mes. Algunos son crónicos. Siguen un mes y el otro mes. Pero bueno, esa no era la idea. Me encanta. Me parece que es devolver un poco de todo lo que he recibido.

Hablaste, off the record, de pasarse la posta generacionalmente, con las rupturas y continuidades inevitables que eso supone. ¿Qué lugar ocupan los talleres ahí?

Me parece que el taller es una forma. Sé que es denostado por mucha gente que dice… gente a la que quiero y respeto incluso, y admiro, pero estas personas piensan que no se puede enseñar a escribir, o que el taller es poco serio o una pérdida de tiempo y tendría que dedicar ese tiempo a terminar mi libro, por ejemplo. Recuerdo la sensación maravillosa de sentirme empoderada para escribir poesía, resultante de los talleres. Una de las formas era leer vorazmente, con otros, leer(nos) y leer autores consagrados, canónicos y periféricos. Pero leer(nos) y matar(nos). Eso se puede contagiar. Y cada uno de los que vayan al taller verá, si lo toman como una catarsis o como una cuestión de un medio expresivo que se les abre y que quizás no lo habían tenido en cuenta. Alguno dirá “quiero ser poeta”.

¿Cuándo hay poesía, Ele?

Hoy te puedo contestar esto: estoy frente a poesía cuando me mueve, cuando el texto que estoy leyendo aparece con silueta de poema, como mancha en la hoja, cuando mueve algo en mí. Puede ser emocionalmente, intelectualmente, biológicamente, lingüísticamente, genéricamente. Cuando hay algún nivel de contacto, alguna comunicación en algunos de los aspectos en los que la comunicación está involucrada, puedo decir, “estoy frente a un poema y lo estoy leyendo”. Puede haber disfrute y puede ser, insisto, desagrado, o pesadez, angustia, etc. Si vos me preguntás cuándo hay poesía en la trayectoria de un escritor, me parece que cuando hay mucho, mucho, mucho laburo. Y ese laburo incluye mucha lectura de poesía. También un componente de humildad a la hora de las lecturas, de tus primeros lectores, que sabés que son de confianza pero que te va a estar marcando. Hay que darle y darle y cajonear y darlo vuelta. Y también respeto por el lector o por la lectora. Respeto en ese sentido. Si publicamos poesía, brindemos lo mejor. No apurarse. Por eso la quietud y el silencio. Después se ve qué y cómo. Descentrar un poco la cuestión del yo. Viste que la poesía es una de las escrituras del yo, pero me parece que cada lector tiene su yo y me interesa que algunos se contacten con el yo poético de lo que escriben. Me sigue interesando. No como una preocupación que me agobia, sino al contrario, como una compañía a la hora de escribir.



 


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