Martes 22 de agosto del 2017


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31/07/2017 :: NOTAS
Una conciliación imposible con los otros
Reseña sobre El lugar donde mueren los pájaros de Tomás Downey
Fiordo, 2017 (122 págs) por Joaquín Vazquez.

Busco el libro de Downey porque se habla muy bien de él en diversos medios culturales. No leí su primer libro, de modo que no sé bien a qué me enfrento. Que lo haya editado Fiordo es un motivo de peso para que me decida a comprarlo, a pesar de que estoy a fin de mes y de que tuve que renunciar a unas horas de clases, lo que significa una merma evidente en mis ingresos. El librero no lo leyó, pero me incita a llevarlo. Dice que tiene buenas referencias del autor. Uso unos puntos acumulados para comprarlo con descuento.

Lo primero que noto es que son diez cuentos de extensión pareja. Reviso el índice y los títulos mientras se calienta el agua para el mate. Tiene un tamaño cómodo, lo tengo abierto con una mano. El cuento que le da el título es el último. Escucho el ruido de la pava y lo hago esperar sobre la mesa hasta que me acomodo.

El estilo de Downey es seco y preciso. Predominan los narradores en tercera, a cierta distancia de la acción, aunque en algunos casos se trasluce empatía entre lo que cuentan y lo que les ocurre a los personajes. Noté un equilibrio muy logrado entre descripciones y diálogos en indirecto. El libro sólido en ese sentido, propone un registro que se sostiene de principio a fin.

Algunos cuentos son decididamente fantásticos, aunque no pueda decirse lo mismo del libro entero. Respecto de las temáticas: encuentro un foco muy claro apuntando a las relaciones humanas, sobre todo al interior de la familia. Parejas visitadas por espectros de relaciones anteriores o destruidas por el alcohol y la estupidez de la televisión; rituales entre hermanas que terminan con alguna muerte; comunicación imposible entre abuelos y nietos; madres que trabajan como máquinas y sienten a los hijos como una carga molesta que atenta contra la eficiencia, entre otros tópicos.
Downey barrunta en sus personajes una conciliación imposible con los otros, reactualizando el infierno sartreano, pero mostrándolos desprovistos del cariz existencial de aquellas psicologías atormentadas. Acá hay más aceptación de hechos que náuseas o síntomas de desagrado y rechazo ante la presencia de lo nihilizante.

Si pudiera trazarse una media, absolutamente estúpida y caprichosa, entre los cuentistas contemporáneos -digamos, para ser claros: Lamberti, Falco, Schweblin, Enríquez, etc- Downey podría reclamar allí un lugar. El lugar donde mueren los pájaros no me fascinó, pero es bueno.



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