facebook twitter
15/08/2017 :: NOTAS
¿Figura comprometida en tapiz fantástico?
Reseña sobre Los mantras modernos de Martín Felipe Castagnet Novela, Editorial Sigilo (2017)
 
Asistimos a un revival de la literatura fantástica ayudados por la apertura de los horizontes tecnológicos, las ultimísimas drogas de diseño y el ingreso decisivo -¿sin lastres?- en el siglo XXI. Las plumas más notorias pertenecen a los jóvenes -iba a decir vedettes- de la generación que ronda entre los treinta y los cuarenta. Digo que asistimos a un revival y que con él vuelven preguntas viejas, tan viejas como aquellas por el compromiso y la tradición. No se trata de misticismos ni de redenciones, la historia es un pez resbaloso que al sacudir su espina cae en otro charco. Sabemos que lo que vuelve nunca es idéntico, que aunque se presente con nombre y apellido, algo en sus gestos y en su andar es diferente. Pero este regreso no es parodia, es la afirmación plena de lo que, sospecho, puede llegar a ser una marca definitiva en futuras retrospectivas literarias.

 Los mantras modernos es una novela distópica en la que la tecnología y ciertas potencias humanas se penetran mutuamente. Tras sus espaldas tiene un pasado notable, valgan por casos Plop, de Rafael Pinedo, algunas de las mejores páginas de Guillermo Saccomanno y, cómo olvidarla, La invención de Morel, del muchas veces despreciable Bioy Casares. No es que no haya habido en nuestra literatura otros casos de novelas distópicas dentro del fantástico, pero lo que me interesa señalar es aquello a lo que me remitió su lectura.

 Algo en el vértigo de la narración, en el clima opresivo y creciente de la fosforescencia me hizo en pensar en Plop. Aunque las diferencias con el paisaje de la novela de Pinedo son notorias. La fosforescencia es una zona futura a la que los personajes llegan cuando se disuelven, pero la disolución sólo es posible después de largas prácticas de desaparición. Éstas le resultan más fáciles a los jóvenes, me tienta decir que por evolución técnica. No es que los personajes sean X-men, son humanos que habitan un tiempo que parece no tan lejano. Tienen relaciones, hijos y dolores –no dólares- como desde que somos australopitecos, pero se instalan bindis y se comunican cuasitelepáticamente por canales privados. Digamos, reciben mensajes en su cuerpo cyborg, receptivo a dispositivos de vanguardia. Algo más, las cosas y los animales también hablan, y son dueñas de una extraña sabiduría.

 Es inevitable, al usar la palabra ‘desaparición’, no pensar en el período más oscuro de nuestra historia. En la novela, el ejercicio de la memoria está en manos de los viejos. Un diálogo entre Masita, uno de los protagonistas, y Ababa, su abuelo: “-No se dice “invisible”, se dice “desaparecido”. / -Desaparecido es otra cosa. / - No seas viejo, abuelo.”. Las épocas cambian los giros léxicos, los términos para referirse a tal o cual cosa, pero lo que le responde Masita a Ababa es la verba neoliberal. No seas viejo. No te expreses como antes, desaparecer es algo copado. Tan copado que el futuro está chorreando y hay que arreglarlo con urgencia para que no se inunde el presente. Esa expresión de Masita lo revela como el joven cooptado por los eslóganes de la alegría, el cambio, el “si sucede, conviene” y toda la basura de autoayuda con la que se preparó durante años el triunfo macrista de 2015. Aunque Masita es más que eso y no un simple globoludo.

En la novela hay especialistas que han pasado a la fosforescencia para salvar aquel presente. La evocación aquí es Tarkovskiana, es casi una cita, sólo que, a diferencia de la belleza cautivante de Stalker, las cosas de la fosforescencia son oníricas, lisérgicas y amenazantes a la vez. Hay monstruos en lugares imprevistos, pelos de colores que crecen por todos lados, olores, muerte y, sobre todo, rapiña humana de restos futuros. Algunos de los que desaparecen se dedican a comerciar en el presente cosas traídas del futuro. Ahí fue donde pensé en algunos personajes ruines de Saccomanno, genéticamente Arltianos, como el enano sensei de Terrible accidente del alma.
 
La agilidad con la que avanza la narración le debe mucho al recurso del cambio constante de foco. Salta de personajes capítulo a capítulo y de narradores casi página a página. Narra en primera, segunda y tercera. Es una novela polifónica que, como se dice entre lectores, va para adelante. En el interior del país decimos que “pecha”. La narración va pechando el clima y la acción. La tensión no decae porque Castagnet se apoya en la multiplicación iterativa de relatos fragmentarios. Es el recurso básico de toda historia, “pasó esto y esto y después esto y…”, sólo que ese carácter iterativo, explícito en la proliferación de yes, está oculto con maestría. Hay que suponerlas o, mejor, reponerlas, para que la narración sea un continuo.

 Los personajes están emparentados, y son varios. Dos padres desaparecidos por mucho tiempo. Un hermano que va y vuelve con frecuencia con cosas para que su madre venda, aunque hace mucho que no se lo ve. Hermanas, cuñados, un abuelo y un niño sensible e inquieto con tendencias homosexuales.

Los mantras modernos es, quizás tangencialmente, una forma del fantástico comprometido. Y acá vuelvo al paréntesis abierto al comienzo de la reseña. Está claro que el compromiso no se reduce a la mención explícita de las desapariciones, trasladadas a un contexto bastante lejano. Pero los principales desaparecidos de la novela son, justamente, aquellos que están intentando cambiar el curso de los acontecimientos para salvar el presente. Entre el heroísmo y la especialización científica, arriesgan su vida para que ese futuro en acto no sea el final del presente.

 Por último, creo que la resonancia de La invención de Morel, tiene que ver con la promesa técnica de un mundo que podría cobijar las vidas minúsculas de este grupo de personajes, en donde el amor se manifiesta como fracaso.

Hay que leer Los mantras modernos. No porque sea imprescindible, sino para poder seguir el curso de la figura que se trama en el tapiz de nuestro días.



Seguinos en Facebook