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14/09/2017 :: NOTAS
Pesadilla de autoayuda y neurociencia
La amenaza higienista
El fin de semana pasado estuve en la Feria del Libro y el Conocimiento en la ciudad de Córdoba. Es una feria grande en la que se encuentra casi lo mismo que en otras. La excepción a los stands que trasladan la vidriera de cualquier librería al predio ferial son los que apuestan por libros y editoriales infrecuentes en el circuito comercial. Uno de ellos es el Espacio Barón Biza, quizás uno de los stands más grandes de la feria. El mismo nuclea editoriales independientes y autogestivas de todo el país y ofrece una serie de actividades muy interesantes, entre mesas temáticas y charlas orientadas a la organización de eventos afines, la edición y el fortalecimiento de vínculos cooperativos.
 
Más allá de las críticas que se le puedan hacer a la feria, la cantidad de gente que circula por allí
sus largas tres semanas de duración es algo que no deja de sorprender a un provinciano como yo. El montaje de las carpas en plena Plaza San Martín, frente al Cabildo, tiene también un encanto circense que desaparece cuando se ve una programación de actividades bastante magra. El espíritu ferial, que suele connotar la alta presencia popular y cierto barroquismo, brilla por su ausencia y la culpa no puede atribuírsele sólo al precio de los libros.

 El gran mercado editorial nacional e internacional no es ajeno a las políticas culturales neoliberales y la mercancía-libro no se libra de ninguna de las consecuencias que de eso se siguen. Hoy por hoy, su efecto transformador, contenido (y supuesto) en la lectura como experiencia, es una promesa incumplida. El lector busca esa experiencia en sus páginas porque, quizás, la educación hizo cierto hincapié romántico en el libro y en su potencial libertario. Sin embargo, no todo libro está a la altura de la promesa. Hay algunos tan decididamente obscenos que hasta prometen en la tapa transformar al lector ¿Quién no quiere bajar treinta kilos en cinco días? ¿Quién se negaría a una rutina de entrenamiento abdominal de un minuto diario? La exhibición insultante de esos libros, que proliferan como hormigas debajo de cualquier piedra, parece –sólo parece- volverse más sutil cuando se aleja del cuerpo y apunta a intereses prácticos que se venden por espirituales.

Este tipo de librejos hace décadas que no deja venderse. Todos dicen más o menos lo mismo. Atacan al desprevenido y prometen amoldarlo a una vida acorde con los máximos ideales neoliberales: el individualismo extremo, la negación de la historia, la negación del Otro, el goce del aturdimiento autista. Pasan por técnicas orientales o naturales, cuando ni oriente ni la naturaleza en su estado puro pueden ya existir. Auto-ayuda. Vos te ayudás a vos mismo. Estás solo en esto. A cambio de que compres estos libros, te prometemos lo que vos quieras. Y como al terminarlo el lector sigue siendo el mismo, compra otro, que le lame con la lengua húmeda el oído, le dice todo lo que puede, lo hermosa que sería su vida si practicara la auto-ayuda. Son insultantes hasta tal punto que hoy por hoy los han reducido a una serie de órdenes como: SOLTAR, REÍR, CAMBIAR.

Durante décadas bombardearon al público lector, lo cautivaron y le vaciaron los bolsillos. Las grandes editoriales, las librerías y las políticas culturales fueron responsables de eso tanto como quien decide tatuarse en la frente “Si sucede conviene”. Ese bombardeo hizo que el público sensible al léxico bobo de la autoyuda optara por votar por quienes dijeron “cambiemos”.

En la feria de Córdoba vi una oferta que me llamó mucho la atención. Decía así: “Tres libros de autoayuda por $180”. Era un stand de saldos el que lo ofertaba. Lo que me sugirió que, en principio, podía ser el indicio de un mercado saturado. Tres libros al precio de lo que hoy pagamos por medio. Habiendo sido consumida por quiénes pudieron pagarla, la autoayuda sigue haciendo daño con sus restos (digamos, sus heces), ahora como saldo. Pensé también en algo peor, que se ve hace unos años, el desplazamiento de la autoayuda por la mal llamada neurociencia. Es peor a largo plazo. Imagino esto: un paso del good vibes al good brain, el reemplazo del léxico de autoayuda por el de cerebro, IQ, inteligencia, sistema nervioso, reacción, estímulo. El regreso del higienismo, del determinismo evolutivo, de la jerga de la adaptación del más fuerte. La justificación del neoliberalismo y su modo clásico de opresión. Imaginé un panorama oscuro. Dentro de unos veinte años, un partido de derecha aprovecha las dos décadas de bombardeo cultural y, en vez de “Cambiemos”, dice “Midamos”. Y el amplio electorado, empapado en la jerga pseudocientífica, los vota porque dicen que quieren que los midan. Esa es su ruina. Porque medirán el color de su piel, su altura, la cantidad de sus circunvoluciones, su peso o el tamaño de sus parietales. Nadie será apto. Quedarán sin trabajo, incapaces de producir algo que pueda ser comercializado porque la tecnología ya lo hace mucho mejor. El partido Midamos reduce gastos humanos y gobierna para los dueños de la tecnología. El hombre es un ser obsoleto en comparación con la capacidad productiva de la máquina. Debe ser eliminado, pero sin que eso ocasione gastos. Es decir, se dejará morir a quienes no posean más que su pobre vida. Sobre sus restos, los dueños de todo verán el atardecer en sendos campos de golf.

Deseo, profundamente, que esto no suceda.



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