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03/10/2017 :: NOTAS
Para cartografiar un desierto
De Echeverría a Mairal
¿No te has enterado de que es una batalla de palabras?
Pink Floyd


¿Cómo delimitar las líneas de este desierto que a veces se presenta inmenso y otras chiquito? ¿Cómo trazar las distancias cuando por momentos es cercano y por otros inalcanzable? La literatura argentina parece hacerse esas preguntas.

Hoy reflexionamos por una grieta político/partidaria y resulta que no podemos ver ni el árbol ni el bosque que nos saluda detrás de ella. La generación del 37 nominalizó a su grieta con la fórmula Civilización y Barbarie. Y desde allí por ciertos cauces de la literatura se mantuvo vigente la pregunta por “nosotros” y “ellos” al decir de Pink Floyd.

Esta batalla de palabras fue tomando diferentes formas. En El Matadero de Echeverría la cámara está filmando a los federales en su momento más sublime. Conocemos la forma del lugar, las actividades que se desarrollan, las actitudes de los participantes y, además, las valoraciones que realiza el narrador. Pero… ¿qué lugar ocupa el unitario? El de simple paseante, el del advenedizo que sin querer y sin prudencia asoma la nariz por la rendija del lugar más cruento del país. Esa irrupción es motivo suficiente para la muerte.

Un poco más acá en el tiempo, en el famoso cuento Casa Tomada de Cortazar, la fiera va conquistando el espacio habitado por una pareja “de bien”. La cámara se posa de manera inversa a la de El Matadero de Echeverría. La escena comienza en la Civilización. Es ésta la que se ve afectada por el acecho de la Barbarie. Pero Cortazar se redime unos años después, ya con el peronismo derrocado, en Torito. Allí se hace foco sobre el bárbaro, inculto y malhablado boxeador. Y el mundo se ve desde allí, desde lo popular, sin análisis y sin prejuicios de un narrador omnisciente innecesario.

En Cabecita Negra de German Rozenmacher la ecuación es doble. Por un lado, la barbarie se encuentra fuera de su hábitat “normal”, en un barrio que no le corresponde o un lugar al cuál se puede acceder sólo si se va a trabajar o a prostituirse. Pero para la época y el cuento de Rozenmacher, este último dato permite que la Civilización y la Barbarie, al menos en vínculos laborales y desiguales, puedan hablar, aunque sea del clima y alguna que otra peripecia. Las diferencias se fueron estrechando, Bárbaros y Civilizados pueden transitar las mismas calles. Este mundo que hoy nos parece común, se iniciaba con Casa Tomada de Cortázar. Pero para Cortázar, aún esto era invasión. Hoy ya es interacción, pero desigual. Y sobre esa desigualdad se construye Cabecita Negra. Y sobre ese diálogo, aunque efímero, es que se da la interacción y la entrada a la casa del Señor Lanari. Ya no invaden la casa porque son invitados. Pero la visita se termina convirtiéndose en pesadilla.

En El año del desierto de Pedro Mairal se conjugan dos cosas. Por un lado, la diferencia entre Campo y Ciudad y, por otro, la invasión del primero sobre el segundo. La intemperie está invadiendo los barrios porteños y se está transformando en terrenos baldíos lo que antes estaba poblado de edificios. Al no tener casas para vivir, la Provincia comienza a mudarse hacia el centro de la capital. Esto provoca que haya hacinamiento y que los capitalinos se sientan invadidos. Estos viven sus días como una temporada apocalíptica y las fuerzas públicas, lejos de dar soluciones, piensan en reprimir al invasor.

La cámara está puesta sobre la perspectiva de una joven que trabaja en una importante empresa privada. A través del civilizado vemos a la barbarie llegar ¿y cómo llega? En forma de invasión zombie.

El binomio que divide al país sigue poniéndose en tela de juicio y sigue sin reconocerse la al territorio nacional como una fractura mayor y astillada. La literatura, cuando reflexiona de esta manera, es limitada, no piensa al país como un vidrio que cayó de punta contra el piso y se partió en mil pedazos.
 


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