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03/11/2017 :: NOTAS
El ídolo en Ishiguro, Schilling y De La Arada
Nota realizada por Nicolas Ghigonetto.
La relación que uno tiene con sus ídolos suele ser conflictiva. Los construimos en base a modelos exportados por la televisión, las revistas, los discos y, más recientemente, la web pero también sobre nuestras subjetividades, modos de ser. Quienes nos dedicamos a consumir a un ídolo, siempre lo sentimos inalcanzable. Es más, si esta condición no existiera, creo que, dejaría de serlo, porque no es que no podamos admirar a personas cercanas: un familiar, un héroe del barrio o del pueblo, no es eso; lo que sucede es que los vemos todos los días como para construirles un tótem en las paredes de nuestras piezas.

Y mejor que sea así, imagínate que entre tu vieja y encuentre tres posters de ella en las paredes que digan “la mejor”, “mi único héroe en este lío”, etc. No digo que esto no fuera lindo, pero imaginátela encerrándose en la pieza y que deje en la puerta un cartel pegado que diga: “autógrafos de 8 a 12”. Por eso nuestros ídolos están lejos, para no tener que decirnos todo el tiempo que no pueden con nosotros, porque, como dijo el Indio, somos antropófagos, nos comemos a nuestros ídolos.

Mis ídolos fueron dos, en mi adolescencia, Ortelli, el piloto de TC, y en la juventud, el Indio Solari. Al primero lo vi al finalizar una competencia en la que ganó en Río Cuarto. Lo cruzo entre la multitud, le grito algo, le pido que me firme una gorra blanca con su auto impreso en la frente y sigue su camino. Al segundo -como casi todos- nunca lo vi.

Pero, pensándolo bien, nunca vi a ninguno de los dos. A los ídolos uno se los quiere comer y a lo sumo te firman la gorra. Por eso existe la literatura. Va, no sé para qué existe la literatura. De todos modos tres muchachos pensaron esta relación con “el ídolo” en tres relatos interesantes.

Reservarás un lugar en la gloria para mí

El último nobel de literatura publicó un relato llamado “El cantante melódico” en su libro Nocturnos (Anagrama) en el que cuenta una peculiar historia sobre un guitarrista nativo de un país “ex comunista” que actualmente vive en Venecia y toca con algunas bandas en plazas y negocios aledaños. Una mañana cualquiera se encuentra con el ídolo de su madre: Tony Gardner. Contrario a lo esperado, el famoso invita un café al artista callejero. Conversan de temas relativos a su fama, su música y la admiración de su madre (que fue trasladada al personaje de esta historia). Cuando todo parece llegar a su fin, Garner le pide un favor: que lo acompañe a cantarle una serenata a su mujer esa misma noche, subidos a una góndola justo en frente de la habitación del hotel en la que estará durmiendo.

Muy contento lo acompaña y Gardner comienza a contarle secretos de su vida a través de anécdotas de su mujer. Pero le enseña algo particular: que cada artista debe conocer a su público, por eso, Tony comienza a contar intimidades de quien será el público esa noche.

No voy a contar el final porque me declararía un verdadero hijo de puta, pero sí diré que aquí se rompe esa teoría que elaboré, entre cigarrillos y un licor, más arriba. El ídolo y el admirador conviven y, cuando se rompe esa barrera de hierro, el primero se comienza a ver diferente: un tipo común, con problemas de amores, fama y demás cosas que le pueden pasar a cualquiera. Excepto la fama, ¿no? Pero en fin, se ve un tipo con dolores de cabeza y, por qué no, problemas de cervical.

Un lugar en el que quepamos los dos

Carlos Schilling no llega tan lejos como Ishiguro en su imaginación a la hora de poner al ídolo frente al admirador pero sí vuela en espiral y recóndito con su propuesta. Lejos de hacer coincidir a los actores en un mismo punto del mapa, piensa una forma novedosa de encontrarnos con nuestros ídolos. Como sacado de un capítulo de Black Mirror, el personaje de El novio secreto… (Eloísa Cartonera) construye una casa, tipo mansión playboy, pero, en vez de haber mujeres, hay pantallas que reproducen todo el tiempo videos de Susana Hoff, tanto junto a su grupo Bangles como solista, pero, siempre, en el video de “Walking Like an Egyptian”

En ese lugar, el personaje se interna a mirarla de manera obsesiva. El autor dice en una entrevista: “El relato surgió cuando vi en YouTube que entre la Susanna Hoffs de 27 años, que aparece frente a la banda The Bangles en el videoclip original de “Walking Like an Egyptian”, y la de 52 años, que canta la misma canción dos décadas después en otro video, no había una diferencia física apreciable. Parecen dos versiones de la misma mujer: hermanas gemelas con distinto look. Me impactó que no se le notaran los 20 años de diferencia, y traté de imaginar las consecuencias sentimentales de que una persona amada no envejezca, lo cual se agrava en un amor no correspondido o correspondido a medias”.

El relato cuenta precisamente eso y se pregunta algo original ¿Hasta cuándo dura el amor por un ídolo? ¿Queremos al Maradona que ya no juega? ¿Ortelli manejará a cualquier edad de la misma manera? ¿El Indio escribe de la misma forma que con Los redondos?

Lo que pasa es que a Susana Hoff parece no pasarle los años y ahí está el punto. Si el ídolo se mantiene en plenitud, la idolatría continúa. A Schilling no le importa acercarse al ídolo físicamente porque su problema es otro, el del tiempo. Y en ese ámbito de reflexión vemos cómo el personaje está más cerca que nunca de su admirado. Tanto más que el personaje de Ishiguro, pues Tony Gardner es un campeón en retirada que vive una vida dedicada al amor de una persona y no se muestra entregado al calor de una multitud de fans como en los mejores momentos. Pero Ishiguro termina el relato mostrando otra faceta de su personaje-ídolo, aunque de esto no hablaré porque cagaría el final.

Me esperarás con diez Evas con manzanas en la boca

Gustavo de la Arada, más conocido como Willy Rankul (o por sus otros seudónimos, o por cruzártelo físicamente en cualquier calle aledaña a la YPF de la calle Maipú), llegó bastante lejos en la construcción de este vínculo amoroso y desencantado. En su libro Panic attack (Cartografías) escribe un relato llamado Pop; en él se cuenta cómo un periodista, Paolo, entrevista a su admirada estrella de rock, Paul Sideral. Palabras más palabras menos, la entrevista es normal, pero el desenlace, fatal: Paolo termina enredado en una escena sexual con Paul.

El personaje de De La Arada necesita el contacto violento y sexual para llegar a su ídolo, no le alcanza la entrevista que él le hizo, ni las que leyó en otros medios ni mucho menos la que escribirá con el material recaudado esa tarde por llover. Con un manto de ensoñación y de pensamientos que se vuelan, en el ascensor, Paolo ve cada una de los momentos de la relación sexual con Paolo: cuando se la agarra, lo desviste, lo penetra.

Acá la relación es inversa a lo planteado al comienzo, en vez de comernos a nuestros ídolos, estos nos cogen. Creo que De La Arada nos lo explica en un pasaje de los diálogos que mantienen sus personajes: “El sistema financiero mundial va a pagar muy caro el haberse volcado de lleno a la excitación de los deseos pueriles, dijo el astro (Sideral) con voz cavernosa. Los infantes son insaciables y grácilmente variables, nunca dejan que un producto se estacione, necesitan fricción, experiencias voraces y fugaces como el diablo. Lo van a matar”. Y continúa “cuando Sideral terminó de decir esto, Paolo ya tenía media pija del astro en el culo”.

De La Arada da vuelta la idea de ídolo pero no traiciona las reglas del juego. Sideral derrapa pero con los propios mitos del Starboy. Paolo se muestra complaciente (le prepara un té) cuando “el astro” se queda dormido. Sin embargo, cambia la perspectiva al hacer penetrar al admirador preso de la seducción del ídolo. No nos comemos al famoso, el famoso nos coge en un acto más de la ventaja que nos saca en la relación del mercado consumista. Como Susana Hoff contratando de sirviente a Schilling o Tony Gardner usando a un artista callejero para un affaire personal e íntimo.
Al final del chiste, nos enteramos que no los comemos, nos cogen. Creo que debí decirlo al principio. Pagué la entrada para ver las carreras de autos y los recitales del Indio. Puedo pensar que me estafaron, pero no, a cambio me dieron algo de lo que saben hacer. Por suerte no conocí a mis ídolos personalmente y siguen en la cima del anonimato y la virtud.

Recapitulemos. Mientras el ídolo en Ishiguro usa a su admirador para su favor, Schilling imagina un personaje perverso que se dedica a fisgonear a dos Susana Hoff que parecen idénticas y De La Arada nos explica que siempre la relación es despareja. Salvo los de Schilling, los personajes terminan viendo un ídolo debajo de su pedestal. Porque el problema del ídolo es un problema de espacio/tiempo. Si lo tenemos cerca, si pasan los años, las estrellas se apagan. Estos tres relatos
muestran esa relación con desenlaces diferentes.

La noche está estrellada y pongo música, no titilan los astros a lo lejos, ni mucho menos cerca, es más, no titilan, ni siquiera me interesa si titilan, que hagan lo que quieran, total, sólo por esta noche, los astros viven en sus creaciones.
 


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