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27/11/2017 :: NOTAS
Vivir en el monte
Reseña sobre "Una casa junto al Tragadero", de Mariano Quirós
Tusquets, 2017. 227 págs. Por Joaquín Vazquez.

La recursividad fue un recurso que la literatura fantástica supo explotar muy bien. Puede pensarse como la parte que contiene al todo, que a su vez es la parte en la que se encuentra un todo mayor, etc. En el caso de la novela de Quirós, la parte es una acción: el Mudo le dispara involuntariamente a un mono. El disparo genera una serie de eventos que conducen a un final idéntico, pero de ninguna manera previsible. En efecto, la narración en primera persona que hace el Mudo de los efectos de aquél disparo, pone en escena una serie de personajes que tienen semejanzas y diferencias muy notorias. Por un lado están los que viven en el monte chaqueño, uraños, violentos e impredecibles. Por otro, los que vienen de la ciudad: ruidosos, predecibles y cancheros, hasta que el monte los enloquece. Éste, el monte, por medio de sus criaturas, es el escenario privilegiado en Una casa junto al Tragadero.
 
Tragadero es el nombre del río. Se lo llama así porque, dicen los lugareños, no devuelve nada que haya tocado sus aguas, deglute, se apropia de todo lo que ingresa en sus dominios. Desde personas hasta animales. Pero que se los apropie no significa que los ahogue, los puede incorporar de diversos modos. El privilegiado, el accidente.
 Los personajes son estúpidos de una manera contraintuitiva. Las cosas empeoran de principio a fin en la novela. De manera gradual, pero no por eso menos grave. Quirós hace algo muy bueno con los muertos: los devuelve como fantasmas que caminan hacia atrás. Así se los reconoce, pero limita su aparición al contexto circundante a la casa del Mudo, una construcción tomada en medio del monte.

 La narración es llevada por boca del personaje principal, un tipo que no habla porque no quiere y que, cada tanto, dibuja. Se intercalan capítulos que describen el lugar, los personajes y la historia del Mudo en la casa con capítulos que marcan los hitos de la tensión del arco narrativo mayor. Hay un clima levemente opresivo. De la ruralidad, casi salvaje, en la que acontece todo, se levanta un viento que trae el aroma de Horacio Quiroga. Armas, alambres, yacarés, monos, picadas, selvas, personajes fronterizos entre la idiocia y la perversión. Es casi una cita directa. Pero en el medio, la locura o, mejor, su figuración, sabe a Fogwill: hay un capítulo titulado “Pájaros de la cabeza”, como un libro de aquél, en el que el canto de las aves se analoga con las voces que oyen los locos.
 
El Mudo espía. Ese es el origen de todos los problemas. Es un voyeur que no se masturba al ver a sus vecinos tener sexo, pero tanto los observa, escondido por la vegetación del monte, que ya sabe cómo y cuándo lo harán. No habla, pero observa y, a diferencia de Soria, su némesis, sabe leer y escribir. Por su excentricidad se gana fama de tonto y de brujo. El motivo por el que se aleja de la ciudad de Resistencia permanece como una incógnita. En un párrafo suelto se deja entrever que allí estaba en una situación semejante a la que afronta en el monte, con la diferencia de que aquí está cómodo. Eso, hasta la llegada de la gente de una organización ecológica que, en un principio, lo reprende por matar monos y luego, bajo otros rostros, se convierten en víctimas y en torturadores.

Una casa junto al Tragadero es una novela que se lee rápido, pero es más calma que intensa. Tiene imágenes de mucha potencia y un final cómodo, ya hecho, pero cuya autenticidad consiste, creo, en la voluntad explícita de Quirós por incardinarse claramente en la tradición de la literatura fantástica. Eso sí, desde un giro localista, arriesgado, que no se entrega tan fácil a los clichés del género.
  


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