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07/12/2017 :: NOTAS
La infancia en Balada de papel
de Roberto Santoro
Nota hecha por Joaquín Vazquez
Hace años que repito de memoria un poema de Roberto Santoro. Hace años que con sus versos se renueva mi vocación de tristeza. No sé cuándo la elegí, si es que la elegí, pero no vino sola. Con ella se coló el misterio de la belleza. Por eso Las cosas claras, el poema en cuestión, se instaló con tanta facilidad en mi memoria. Vuelvo a él sin necesidad de releerlo y descubro allí mi pasado, mis amores, algún dolor. Hace un tiempo nos juntamos a comer en la casa de una amiga. En su biblioteca, el lomo negro de la poesía completa brillaba en silencio. Verlo me causó una sed incontenible. No pude no pedirlo prestado.
 
Esa noche llegué tarde a casa pero no importó el cansancio del día largo. Lo abrí y me senté a leer el primer libro que publicó Santoro. Lo leí de principio a fin sin cerrarlo, sin levantar la vista, sin secarme las lágrimas, sin querer retener ninguna frase. Lo leí con una devoción rayana en la fe. Lo leí en voz alta, como debe leerse todo libro de poesía. Para mi sorpresa, cuando lo terminé, la tristeza había cedido terreno frente al sosiego. Ese libro se llama Balada de papel y su tema es la infancia.
 
Escribe Santoro en Paso Cambiado: “antes del café y el expediente/ antes de la alergia y la mentira/ fue un manojo de cuento y mariposa/ un por qué las calesitas tienen sombrero?/ o dan vueltas las estrellas?”. Uno podría preguntarse qué fue antes del expediente, de la vida adulta, de la burocracia y los papeles, antes de la enfermedad de la excusas, pero la respuesta de los versos que cierra la estrofa es contundente: antes de eso fue la reunión en la mano del cuento y la mariposa, fue la pregunta que ve el mundo desde la dislocación. Sombreros en las calesitas y estrellas que dan vueltas.
 
El poema avanza con imágenes en las que el protagonismo lo tienen los juegos infantiles. La tensión crece con ellas hasta que las mismas empiezan a perder cierto aura –en sentido benjaminiano- y a ganar fuerza trágica. Escribe el poeta: “pero estalló la espuma/ y quedó muerto el osito de goma/ y la langosta atada a un hilo/ y el barco de papel/ y las dos maderas/ y esa libreta tachada/ y quedó muerto el duende que dormía en cada dedo/ brotando un racimo de miserias/ dejándonos sobre el límite del beso/ una mano queriendo destrozar el aire/ y las dos medias caídas.”. La distancia que impone la adultez se construye a razón de una imagen por verso. La enumeración por la acumulación de iteraciones dota al poema de un ritmo regular. En la adjetivación se trama la pérdida: estallada la espuma; muerto el osito de goma; atada la langosta; tachada la libreta; muerto el duende; caídas las medias.
 
La capacidad mimética de la infancia, de la que habla Benjamin, puede verse en el poema que da título al libro: “yo fui un pájaro cuando tuve un trompo/ cuando un puñado de bolitas me colaban el sueño por los dedos/ […] ya no soy el arrebol/ ni corro gorriones/ ni escribo paredes/ o imito diarieros”. La espontaneidad con la que el niño imita el mundo y construye cosmos personales se ve aquí en la identificación yo-pájaro, que se remite a un tiempo originario, la infancia misma. Vale decir: un tiempo cuando un puñado de bolitas le colaban el sueño por los dedos. La infancia como el tiempo de los juegos sin fin, interminables, que se prolongaban incluso frente al sueño.

 La primera estrofa de Permanencia del pájaro es por demás elocuente: “ te acordás aquellas tardes que nos mirábamos comer un racimo de uvas?/ era lindo no saber del tiempo sentado en los cordones/ mirá las manos ahora qué distintas/”. El yo lírico le habla a un compañero de viejas épocas, recobradas por la memoria. Tiempos aquellos donde no se sabía del tiempo, donde comer una uvas sentados en el cordón –la imagen es bellísima- era un acto de puro presente y de tanta potencia que causa, ahora, melancolía. El yo lírico mira en aquella dirección y mide lo que lo distancia de ella en sus manos.
 
En Tengo que volar un beso se ratifica el sentimiento de pérdida que asola a yo lírico adulto, dolido frente lo perdido: “y ahora que más da saber que hay u muñeco sin brazos/ un zapatito roto/ yo sé que sabía las otras palabras/ y ahora cómo voy a contar el cuento de Caperucita Roja? /”. Esta última pregunta instaura la imposibilidad de la fe. ¿Cómo contar cualquier cuento cuando ya no se es un niño? ¿Cómo hacerlo si hay algo perdido irremediablemente? Por eso da lo mismo saber que hay un muñeco sin brazos. Pensemos esa imagen, en la que puede estar contenido el mismo adulto, testigo puro que, frente al mundo, no puede hacer algo con las manos: ni trabajar, ni acariciar. Un muñeco sin manos que pudo haber causado consternación y, por qué no, también tristeza en algún niño. Recuerdo que para unas pascuas de mi propia infancia me regalaron un conejo del chocolate al que le mordí las orejas. Tras lo cual lo retiré de mi boca y lo observé detenidamente. Debo haber tenido tres años. Vi sus dientes y sus ojos. Lo vi mirarme con dolor y me lagué a llorar. ¿Cómo pude comerle las orejas? Esta pregunta vale, por extensión para el muñeco sin brazos que hoy da lo mismo.

 Las mismas consideraciones sobre la pérdida de la capacidad mimética que implica el crecimiento, valen para lo que sigue. En Será que yo estoy triste?: “en un tiempo yo me hablaba con los perros/ todo tenía gusto así a silbido/ como a pájaros dentro/ y uno no lo sabía/ yo no lo supe hasta que llegó un memorándum/ o aquello de correr el colectivo/ o me faltan treinta guitas para volverme a casa”. En este caso, el tono confesional de ese no saber de la infancia es el no-saber de la plenitud, de aquél que está sumergido en la experiencia que no sabe del infierno de memorándums y los horarios de colectivo para llegar al trabajo.
 
En los poemas del primer libro de Santoro se constata que el origen de la tristeza –estas palabras son de Pablo Ramos- se encuentra entre la infancia y la adultez. La tristeza y la melancolía no son innatas, se adquieren. Pero Santoro va más allá, las transforma en belleza y, de esa manera, se redime. Negando lo perdido, lo recupera en imágenes de una plasticidad y sutilezas notables.

Cerremos estas páginas con algunos versos de Mejor quedate con un globo: “y alguno que haya tocado el amor/ podrá negarme esta primera enfermedad de estarse solo?/ de ver a cada rato perderse la alegría?/ […] dejame llorar porque ni sé por qué/ porque me duele el aire/ porque total voy a ser grande y no voy a poder llorar/.
 


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