Martes 27 de junio del 2017


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05/07/2015 :: CUENTO
Pañuelos para enanos
Micro relatos de Pablo Dema
Pablo Darío Dema nació en General Cabrera en 1979 y vive en Río Cuarto desde 1998. Publicó tres libros de cuentos: Fotos (2005), Si nada permanece (2007) y Hoteles (2010) y la novela De piedra o de fuego (2009).
Dicta clases de literatura en el nivel medio y superior, coordina un taller literario y forma parte de Cartografías, un espacio de edición y difusión de la literatura de Río Cuarto.
La serie de minificciones Pañuelos para enanos permanecía inédita.

Un dálmata
El dálmata de La noche de las narices frías había salido de mi fantasía y venía a lamer el rostro que tuve de niño. La sonrisa que encontró detrás de la máscara que me había dado la timidez solitaria fue el alimento de su alegría. Se llamaba Toby, sus ojos se veían como dos caramelos de miel con un borde celeste.
Habían nacido seis cachorritos. Cuando tenían dos meses se enfermaron de parvovirus. No comían, no bebían; yo les daba agua con un gotero. Toby respiraba lento bajo la sombra de un helecho grande que había en el patio. Fue el único que se salvó.
En su adultez fue sordo y dañino. Rompía las plantas, corría las gallinas. Mi papá se lo dio a un linyera que había en el pueblo. Verlo irse, confundido con los demás perros sin prosapia, fue como despertar.

Peor el remedio
Por la mañana el primer ministro dijo, entre la firma de dos decretos, que sentía como un silbido en el pecho. El secretario del asesor del ministro se comunicó con el secretario del médico del ministro. El traslado fue de urgencia. Es grave, dijo el doctor, y señaló el hueco que tenía el primer ministro en lugar del corazón.
La operación fue un éxito; el donante, un sacrificado patriota ex campeón olímpico de nado. Al despertar el ministro ya no tuvo ojos para otra cosa que no fuera los volados de los cuellos de las niñas, las alas de las mariposas, el gracioso tallo de las flores.
¿Y ahora?, dijo el asesor del ministro.
¿Extirpamos?, preguntó el doctor.
La operación fue un éxito. Pero el ministro ya no pudo vivir sin corazón.

Las primerizas
Las primerizas entran al negocio y se paran frente al tablero de los gustos. Una se lo pide caucásico, varón…, no, nena, nena, con rizos dorados y un lunar… ¿no te queda con lunar? Claro, el riesgo de cáncer a largo plazo… Bueno, pero quiero alguna imperfección leve que desde un punto de vista pueda ser considerado un detalle encantador. ¡Ojito desviado no! ¡Down menos! ¿Un cachito separados los incisivos? Dale.
La otra: eh.. dame con rulos dorados, también nena…
Pará loca, no copiés.
Nada que ver, nena, no te copio, pero el morocho es re out. Eh…, dame… un metabolismo basal full y el máximo de coeficiente intelectual.
Ay, cuánto gastás, che.
Y sí, mi marido me habilitó una extensión de la tarjeta.
¿Algo más?
No, lo otro estándar.
Les dan sendos tubitos de ensayos.
Salen pensando en la ropita.
¿Y si vamos al shopping ahora?

El vestido rojo
El viajante va a una fiesta de casamiento, se enamora de una mujer de vestido rojo. Ha ido con la novia pero se las ingenia para acercarse a la mujer del vestido. Primero la sigue cuando ella va para el baño, después cuando empieza el carnaval carioca y se escabulle de su novia aprovechando la confusión que propician los antifaces que reparten.
Finalmente se emborracha y ya no disimula. Se libra de su novia de un manotón cuando ella intenta detenerlo y ni siquiera se da vuelta para verla salir de la fiesta entre lágrimas, acompañada de una amiga que lo odia y le dice: yo te dije, ¿viste?, yo te decía.
El viajante baila con la del vestido rojo que también chupa de lo lindo. Finalmente se van juntos en un fiat 600 que el viajante lo pide prestado a un amigo. Cuando llegan al telo ella se saca el vestido y él pierde la erección que tenía desde que la vio en el atrio a las nueve y media de la noche.
Pucha, ¡si lo que le gustaba era el vestido puesto! Por otra parte ¿era suyo el vestido?
No, de una amiga.
Ya me parecía. Y… digamé, ella no es de acá ¿verdad?

No es mi caso
Siempre trato de interesar más por lo que mi boca dice que por lo que mi cuerpo puede llegar a hacer, dije.
No es mi caso, respondió ella, cruzando las piernas.
Claro que uno es cuerpo, deseo proyectado ¿verdad? Pero insisto en que hay que cultivar la inteligencia, el espíritu madura con los años mientras que la carne se marchita.
Ella volvió a cruzar las piernas y yo pude ver con claridad el movimiento y otras cosas a través del vidrio de la mesa.
Porque en definitiva, arremetí, lo que uno logra, si es que alguna vez logra algo, lo logra con la fuerza de su voluntad, la astucia, la capacidad de persuadir con la palabra y no con el empuje de su cuerpo.
¿Te gustaría acostarte conmigo?, dijo ella entonces levantándose de la silla.
Yo tragué saliva y me levanté a su vez.
Lo sabía, dijo, pero a mí con vos no.

Ontogénesis
Pasamos dos días comiendo y bebiendo, charlando y yendo al río. Pero esa mañana el dueño de casa tiene un trabajo para los varones convidados a esas minivacaciones.
Temprano un camión dejó la roca. Pesa siete toneladas, es como la rebanada del pan de Polifemo. Será una mesa de jardín si logramos montarla sobre una base ya dispuesta bajo un jacarandá.
Al rato hay nueve pares de brazos exangües puestos en jarra. ¿Y Keops? ¿Y Chichén Itza? ¿Y los moáis de la isla de Pascua? Se agigantan esos prodigios en nuestra imaginación, nos intimidan pero nos azuzan también desde su lejanía.
A media mañana sabemos lo que unos cilóndricos dispuestos en el suelo pueden hacer por nosotros. Ya usamos con confianza palabras que ayer casi desconocíamos: poleas, aparejos, palancas, tacos y cuñas.
Al mediodía comemos sobre la mesa de jardín bajo el jacarandá. Tenemos hambre verdadera por primera en las vacaciones.
Aparece el chico del vecino con un dibujo. Nueve hombrecitos alrededor de una roca formando parte de la gran familia humana.

Una alumna
Dejaste tu corazón encima del escritorio.
Fue así: cuando tocó el timbre y todos huyeron te demoraste guardando los útiles en la mochila, al salir pusiste casi en el borde del escritorio ese papel doblado en ocho. Era un corazón recortado de la hoja cuadriculada del cuaderno de matemáticas.
Lo tiré junto con el boleto del colectivo y un encendedor con el yesquero roto al llegar a casa. Más tarde, para hacer más cómica la anécdota, lo saqué del tarro con la tinta de nuestros nombres corrida.
Hago mal en reírme de vos; a veces también mi corazón es un papel arrugado, manchado con una escritura indescifrable, tirado en la basura.


El paseo
El hijo pequeño no sabe que el sueño se alcanza quedándose quieto. Como no se duerme, se agita y su cansancio crispado deviene llanto.
Hay que hacer una cuna en los brazos, dar a oír los latidos, balancearse, esperar. El paseo seda, pero si el espacio es pobre y el llanto largo la ofuscación lo va ganando todo. ¿Entonces?
La casa es un pañuelo pero la noche era diáfana. El llanto de mi hijo fue un largo hilo saliendo de su boca, en mis brazos parecía un ídolo bendiciendo la ciudad en un idioma sagrado.
Toda la noche caminé, llegué a la China, crucé el mundo.
Al amanecer miré sus ojos, estaba despierto pero ya no lloraba.
Sonreí.

El impotente
Confié en la letra del cartel y le juré que el domingo estaría abierto. Pero al llegar vimos las fundas sobre los caballos gemelos del carrusel.
Tocaba el candado con sus manos y me miraba al borde del llanto, confundido.
Sentí una náusea y vértigo.
Lo traje a un mundo enrejado, lleno de candados que nunca supe abrir.




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