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31/05/2014 :: CUENTO
El ruiseñor, de Marcelo Fagiano
el placer de la lectura breve

en el gran cielo de la poesía/mejor dicho/
en la tierra o mundo de la poesía que incluye cielos/
              astros/dioses/mortales/
está cantando el ruiseñor de Keats/

Fragmento de Ruiseñores de nuevo.
Juan Gelman (1930)
                 


Tenía que darle de comer, como todos los días, a esa hora incierta del crepúsculo. Saldría al patio, lo llamaría y con el brazo extendido ofrecería la escudilla colmada de frutos e insectos. Desde el gran cielo un aleteo de oro descendería hasta el seductor recipiente y posaría sus patas rojas para saciarse y llenarse el buche. Luego de un breve y melodioso trino se perdería entre las malezas densas y húmedas del bosque.
     Se querían. Eran inseparables. Se gustaban. El movimiento de uno organizaba el devenir del otro. Un encuentro diario era suficiente. El resto del día era cotidianamente soportable, carpetas y sellos, gente que iba y venía con notas y credenciales, silenciosa y distraída, crucificada por el ritual de la costumbre. En el trabajo René Maita siempre oía al ruiseñor de su pensamiento. Sin aquella presencia su corazón empujaría oscuras resacas por las arterias. Escuchaba su canto aunque estuviera lejos, salía desde el hemisferio central del bosque, húmedo y denso, atravesaba las calles por el aire nebuloso y penetraba por puertas y ventanas.
     Se reveló a sus sentidos cuando aún estaba en el vientre de su madre. Imaginó allí cada una de sus partes, en ese fluido maternal lo auscultó por vez primera. Allí construyó los colores y la forma de su cuerpo. Tal vez las manos de ella sobre el vientre susurraron alas, sus piernas como remos en el agua bosquejaron aleteos. El niño y el ave nacieron juntos y estarían así durante la breve existencia que dura un sueño. Su madre había muerto al nacer él, es decir, cuando ellos nacieron. Desde aquel momento la simulación de la vida fue perfecta: el ave existiría mientras el niño la pensara, y como él no podía pensarse sin ella, el destino de ambos estaba determinado.
     El plumaje del ave era suave, color pardo en el dorso y amarillo en el pecho, el pico rojo y el remolino de los ojos un imán para que René Maita cayera en ellos cada vez que los miraba. A veces recordaba el momento en que descubrió y festejó al ave como propia: existía únicamente para sus sentidos. De esa manera el melodioso pensamiento se volvió único y secreto. El niño y el ave crecieron juntos. Si algún día no volaba hasta sus manos o no escuchaba su canto todo lo real acabaría por derrumbarse.
 Cada encuentro era un torrente de magia. Sin embargo, cuando aquel hombrecillo se interponía para molestarlos, un olor antiguo sacudía el aire, rancio y picante: una mezcla de pólvora y sangre.
Un día en el trabajo René Maita abrió la ventana para escuchar el canto de su pensamiento y entrecerró los ojos mientras respiraba el aire matinal. El canto del ruiseñor resonó repetidas veces en su cerebro y al levantar los párpados pudo distinguir el bosque desde donde venía el sonido. Con sorpresa descubrió en la ventana contigua a un hombre mirando en la misma dirección. Luego cruzó una mirada con él y desapareció. Aquella sospechosa actitud lo llenó de temor. La preocupación se fue acentuando al repetirse esa escena y otra serie de acontecimientos que resquebrajaron la intimidad simbiótica del ave y René Maita. Él intuía que el hombrecillo también escuchaba el canto maravilloso del ave pero nunca la había observado: buscarla se convertiría en una obsesión. Una tarde el ruido entre las ramas hizo que le temblaran las manos cuando sostenía la escudilla en alto e innumerables veces se sintió observado durante sus caminatas.

Tenía que darle de comer, como todos los días, a esa hora incierta del crepúsculo. Salió al patio, lo llamó y con el brazo extendido ofreció la escudilla colmada de frutos e insectos. Desde el gran cielo un aleteo de oro descendió hasta el seductor recipiente. En aquel momento estalló un disparo entre las ramas. Recordó entonces los espasmos de mamá, el fluir del río debajo de sus piernas, la intensa luz, el canto aún entrecortado del ave, el ir y venir de gente silenciosa y distraída, un llanto, su propio llanto entre aleteos amarillos. Fue suficiente tan solo un disparo para que un olor antiguo sacudiera el aire, rancio y picante: una mezcla de pólvora y sangre. Luego, el perfil del mundo fue desgranando sus contornos: cielos, astros, dioses y mortales sucumbieron en los apretados pliegues del cerebro de René Maita, a la espera de que el canto del ruiseñor creara otra vez el universo.



Datos del autor

Marcelo Fagiano nació en Río Cuarto (Córdoba) en 1959. Fue integrante y fundador del Grupo de Poesía Callejera "Poetas del Aire" (1991-2002). Publicó "50 Poemas rotos tirados en la calle" (1992); "Las manzanas de la libertad". Primer Premio Publicación. Editorial de la Municipalidad de Córdoba (Teatro, 1993); “Jeroglíficos en la arena” (Poesía, 1997); “Poemas de Humo” (Poesía, 2001). Participó en las siguientes antologías: "15 Cuentos de autores Cordobeses" (1993); “Antología de Cuentos II". Biblioteca Página 12 Córdoba (1993); “De lo fantástico a la ficción científica" (Cuento,1994); “Cuentos Breves” (1995), “Antología del Empedrado II” (Poesía, 1997) y “Premio Publicación de Poesía”. Editorial de la Municipalidad de Córdoba (1997). Ha obtenido premios y menciones en concursos nacionales y provinciales en poesía, dramaturgia y narrativa. En este último género ha obtenido un Primer Premio Internacional (México).
 


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