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05/07/2015 :: POESIA
Poesía y política
Por Marcelo Dughetti

La idea de esta sección es también reflexionar acerca de esta actividad artística inmemorial en un contexto actual y con las patas en el barro (barro argento y en pelotas). En una de las mesas del Aguante Poesía (5ta edición, octubre 2011) se debatió junto a Alejo Carbonell (Cba.), Marcelo Dughetti (Villa María) y José Di Marco (Río Cuarto) acerca de Poesía y Política. Dughetti decía... 

Una palabra tuya
de Marcelo Dughetti

(Lectura realizada el ocho de octubre en Rio CUARTO _Feria del Libro-Aguante- mesa poesia y política).

 La militancia social es una alegría, aún en los cotidianos naufragios que puedan presentarse.
La militancia es también un encuentro feroz con la realidad. El único intermediario es la representación que nos hemos hecho del sector con el que vamos a trabajar. Y es precisamente lo que debemos cambiar a medida que ajustamos, que hacemos foco sobre el movimiento de los duros cristales con los que juzgamos a los demás .La militancia me enseñó sobre los demás. Los pude ver, oler, tocar, no eran la humanidad abstracta eran los compañeros y compañeras que con sus virtudes y miserias me invitan a formar parte de los ríos, de las gigantes culebras que horadan la torre de marfil, donde vive un poeta que conozco y amo pero al que no puedo justificar. Ese impetuoso río me tocó desde chico cuando el hambre silbaba, haciendo de las tibias, largas flautas, encaramada en esos árboles sospechosos que por la noche parecían cuidar la casa .La injusticia, me tocó en la imposible infancia representada en su ángel más tortuoso. Luego fue el heraldo de los golpes y los puños de mi madre. Allí oí una vez una oración desesperada, de una anciana arrodillada tras el limonero, que me dejó estaqueado en la mitad del patio “Yo no soy digno de que entres en mi casa ,pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Allí estaba el verbo como la magia exorcizando la desgracia inminente, los terrores diarios, el pan de lágrimas. Esa simple oración me trajo junto al hambre y a los golpes de mi madre, la poesía. Luego vino el ensimismamiento. La mirada en el pozo, la honda respiración de mis hermanos y el lugar en la fila que me llamaba para que otros pibes, para que otras pibas, no pasaran por lo mismo. Con pocos aciertos y tremendos errores hemos surcado ese camino abriendo el monte cuando así nos hizo falta, descansando y volviendo a empezar. Sabiendo siempre que no hay final ,que si suele haber treguas donde intentamos abrir en silencio el cofre de lo vivido y escribir hasta en los zócalos de las paredes el sonido de la semilla germinando. Que a pesar de lo logrado todavía hay vergüenzas que nos denuncian y nos comprometen. Por eso estamos aquí hablando de algo que nos acerca porque hemos aprendido aunque sea una parte de la generosa lección de vida y de la poesía; la lección sobre no creernos nada más de lo que somos y asumir la corta presencia que en este universo nos toca vivir como un desgarramiento y a la vez como un regalo. La política y la poesía me enseñaron y me enseñan a mirar, me dan una perspectiva y como muchos hombres y mujeres de nuestra sociedad en el invierno fraudulento del menemato, nos enseñó a resistir; a levantarnos, a patear la calle para decir basta. Vinimos a la poesía como a la vida desnudos y con un llanto a borbotones y la señora nos calmó, nos descubrió la forma oblicua de entrar en la realidad; nos hizo escribir después de la desesperación y transformar lo que lastimaba en una esperanza. Al mismo tiempo nos dio una dimensión ética: reivindicación de la conciencia individual sobre los excesos de homologación de la sociedad de consumo. Pero, a la vez, al asociarse a la militancia y al deseo de un hombre nuevo tantas veces invocado nos enseñó a no creernos parte de un panteón de elegidos que por haber accedido a ciertas lecturas y comprender algunos rudimentos del oficio tienen el derecho de enroscar su cola como Radamanto en los cuerpos de los desesperados y enviarlos al círculo que más nos agrade. También es cierto que no nos pudo curar del todo porque somos incurables .Hay en nosotros un pesimismo necesario; pero mientras ese pesimismo sea un motorcito agridulce para el poema y no se convierta en un atalaya desde donde juzgar a los demás y a sus sueños, todo estará en orden. Por eso cuando escribimos hablamos del que no puede más y ha tendido la mano desde la otra orilla .Por eso cuando escribimos no nos seduce la erudición arena entre los dedos ,sino la sangre, el pulso que sabemos es lo que permanece. Somos en fin primero hombres y mujeres ciudadanos atentos, dolidos y agradecidos de un país y después poetas hambrientos, perros de la palabra que nos reclaman. Y mientras la señora nos reclame estaremos sentados a su mesa y cuando la señora ya no necesite de nuestra compañía la dejaremos marchar con la misma libertad en la que se mueven esos fantasmas que nos enriquecen. Lo que no podremos dejar, a lo que no podremos renunciar es a putear con rabia cada vez que sentimos al hambre soplar en sus largas tibias, horas del espanto. Por eso seguiremos rescatando las obras de los poetas y compañeros que dicen no cuando el sistema los invita a golpear a un proyecto que defendemos, aunque esto nos traiga el recelo de las editoriales, el olvido de las revistas donde se escancia como un vino dorado el prestigio, el juicio del hombre que descansa en su torre de marfil, el desprecio de la alta literatura que habita las nubes gaseosas del limbo y dice ser pararrayos de dios , torre sagrada.


                                                     Marcelo Dughetti   


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