Corría el sesenta. En aquellos tiempos, llegar a la Capital era bajarse del tren con el único pantalón largo remendado y una camisa de solapas gigantes, abierta hasta el tercer botón, y mirar extasiados cómo los autos, la gente, los edificios, todo se multiplicaba ante nuestros ojos.
Me acompañaban el gringo Zabala y un tal Redondo, que decía ser primo de aquel, aunque a mí no me constaba el parentesco. Nos conocíamos del pueblo, de patear latas en los baldíos y sostener paredones con el hombro, despreocupados, con tiempo de sobra.
Esa mañana, terminamos los “sánguches” de mortadela y empezamos a recorrer una avenida que llegaba hasta el puerto. Ahí, medio escondida, salía una callecita de adoquines que zigzagueaba entre casas antiguas. Les propuse ver adónde iba.
Caminamos un par de cuadras. Creo que fue Redondo el primero que vio el cartel: Pensión para caballeros. Alcanzaba a leerse el precio desteñido. Golpeé con el llamador y esperamos junto a la puerta.
Se oyó un rechinar de goznes y alguien acercándose. Nos miramos como si estuviésemos a punto de cometer un crimen, y una risita tonta se nos escapó de los labios.
Pasó un siglo entre que oímos cómo la llave vacilante buscaba la cerradura… y el instante en que se abrió la hoja. Quedamos frente a esa mujer horrible que nos estremeció al hablar.
—¿Señores?
La miramos sin atrevernos a abrir la boca. En esos ojos amarillentos, en esa hilera de dientes carcomidos, había algo que infundía temor. Su piel era cetrina, correosa, y cuando alzó la mano para acomodarse el pelo ralo, vimos que parecía una garra.
Zabala ensayó un saludo, le comunicó nuestras intenciones de alojarnos unos días. Ella lo escuchó un momento, después concentró su atención en Redondo, que no encontraba lugar donde poner las manos: adelante, en los bolsillos, en la espalda. Un nerviosismo que me alarmó.
Di un paso atrás y me limité a ver cómo Zabala y la mujer arreglaban condiciones. Ella no respiraba entre una palabra y otra.
—Una semana como mínimo, pago por adelantado. A las once se cierra todo, nada de traer mujeres. El baño está al fondo. Me usan un solo jabón. Y sin exagerar con el agua caliente, que la garrafa se acaba enseguida. Para dirigirse a mí, dicen Doña Aldonza. ¿Entendido?
Las habitaciones daban a un patio de baldosas amarillas y macetas con geranios. En un extremo se alzaba un aljibe y dos tambores oxidados que sostenían tablones, en el otro había una parra y un cantero con calas.
Ya instalados, empezamos a extrañar los mates. Perdí el sorteo de rigor, y me vi obligado a pedir agua caliente en la cocina. Una idea extraña me asaltó en el pasillo silencioso: el ritual que habíamos hecho para ver quién sacaba la pajita más corta me recordaba la escabrosa escena de la elección de las astillas en la novela de Poe.
Llevaba el termo bajo el brazo, y casi lo suelto al verla. Salió de una de las piezas, limpiándose las manos en un delantal de cocina que apenas le caía sobre los muslos. Se agachó para apoyar en el suelo una bolsa, y la ocultó rápido tras una maceta. Después me miró, algo turbada. No debía tener más de veinte, a juzgar por su cara tersa de muñeca china. Su voz era un graznido anormal, remoto.
—Así que ustedes son los nuevos —dijo—, mi madre me contó.
Se llamaba Irena. Hablamos del tiempo, de cualquier cosa. Ella estudiándome con dos ojos como carbones, yo sin poder disimular el sobresalto que me producía ese cuerpo exuberante.
Vio el termo y estiró hacia mí una mano huesuda. Me sorprendió su olor animal: sudores íntimos, esencias desconocidas.
—A ver que se lo lleno —dijo humedeciéndose los labios, y sin darme tiempo a nada desapareció tras una cortina de tiras.
Pasó un rato. No se sintió más que un tren a lo lejos. Había un hedor cubriendo el patio, aunque no logré determinar su origen. De curioso nomás, le eché una mirada a la bolsa que la chica había escondido: vísceras, vísceras frescas. El olor, sin embargo, no venía tanto de ahí como de adentro de la casa. Algo se tensó en mí al comprobarlo.
Quise recuperar la calma, y la cabeza me daba vueltas. Me pareció que alguien lloraba. Descarté la idea y traté de concentrarme en ella: la hija de doña Aldonza.
La vieja apareció con el termo en la mano. Una mueca de contrariedad le cruzaba la cara.
—¡Tome! —chilló—. No crea que está en un bar para andar pidiendo cosas. El precio que paga es por dormir, no por otros favores.
Pensé en dejarle saludos para la hija, pero temí enojarla más. Guardé un silencio respetuoso y volví a la pieza.
En un minuto los puse a Zabala y a Redondo al tanto del hembrón, y tuve que apoyarme contra la puerta para impedirles que salieran al pasillo. Deliberadamente, sin saber por qué, les oculté lo del olor y la bolsa de tripas.
—Esperen un rato, por lo menos —les dije, y aceptaron de mala gana.
Después de los mates dormimos una siesta bochornosa bajo las chapas, que crujían por el sol de enero. Soñé con Irena: cantaba sin sacarme los ojos de encima.
No sé si por el calor o el hambre que ya apretaba, al despertar andábamos con el ánimo bastante alterado.
Contamos el dinero que nos quedaba después de haber pagado la semana de adelanto: ni para una comida decente. Zabala comentó que él tenía un tío cerca del puerto, pero eso estaba demasiado lejos. Y tampoco había garantías de que se le diera por tirarnos unos mangos, así que desechamos la idea.
Redondo tomó la iniciativa:
—¡Al carajo! —dijo—. Yo le pido a la vieja —y enfiló hacia el pasillo.
Con Zabala nos miramos y concluimos lo mismo: Va a ver a la mina.
Pasamos un buen rato sin hablar, como si el hambre nos hubiera enmudecido. Yo empecé a silbar un tango y a sacarme la tierra de las uñas, Zabala manoseaba un mazo de cartas con aires de entendido.
Empezó a decir algo acerca de un truco que conocía, pero se detuvo. Ladeó un poco la cabeza, como si quisiera identificar el origen de un sonido, y después señaló la puerta con un gesto vago.
—Ahí lo tenés de vuelta —dijo exhibiendo una sonrisa socarrona.
Me estiré sobre la cama, y con la punta del pie enganché la hoja: se abrió dando un golpe. Costaba reconocer a Redondo. Como clavado al umbral, temblaba, hacía gestos, movía las manos. Entonces pareció querer hablar y largó un vómito espeso antes de caer al piso.
Nos abalanzamos sobre él y tardamos en reanimarlo. Tenía las manos frías, la piel era una vela granulosa.
—¡No saben... no saben!... —balbuceaba entre sollozos.
Zabala creyó entender y salió disparado hacia la cocina. Volvió al rato con una cara que asustaba.
—¡Agarrá las cosas que nos vamos! —me gritó.
Y yo, que no sabía si sostener a Redondo o hacerle caso, me quedé como una estaca hasta que me zamarreó del hombro.
Era el más adulto, y lo demostró esa tarde. Nos sacó de la casona, llegamos corriendo a la estación. En el tren, Redondo contó lo sucedido:
—La puerta de la cocina estaba cerrada, así que golpeé despacio porque creí que la vieja estaría durmiendo. Como no atendían probé con el picaporte, pero estaba con llave o con algún pasador corrido. Lo que intuí me hizo temblar las piernas.
»Vi una ventana sin rejas y me acerqué, agachado, hasta debajo del antepecho. Esperé un rato, con el corazón latiéndome en la garganta, y me asomé.
»Nada. Ni rastros de la vieja o de la hija. Así que —ustedes dirán que fue una locura— tomé envión y me trepé como un gato.
»Caí sobre una alfombra y me arrastré, sin respirar, hasta la habitación contigua.
»Entonces la vi.
»Había vísceras por todo el piso, y la vieja se revolcaba desnuda. Tenía coágulos de sangre en el pelo. En la piel… escamas, no sé… Como si de la carne le brotaran agujas y la cortaran por todas partes. Salían y volvían a esconderse en una costra verdosa que apestaba. Las heridas se le cerraban con unos costurones amarillos que desaparecían ahí nomás.
»Se puso a cantar arrodillada, yo no podía entender. Su piel iba volviéndose tersa, de una blancura increíble.
»Grité como loco. Eso debe haber interrumpido el ritual, o lo que fuera, porque comenzó a retorcerse, a maldecirme. La boca se le llenó de un líquido oscuro que burbujeaba como si hirviera.
»No recuerdo mucho más. Sólo que, en medio de esa inmundicia, salí como un endemoniado y me tiré al patio de un salto…
—Entonces… —interrumpí espantado—, las vísceras en el suelo…
—Esa debió ser la ofrenda —dijo Zabala con gesto pensativo.
—¿Ofrenda?
—Para obtener algo a cambio —arriesgó Redondo, y Zabala asintió en silencio. Hablaron durante un rato, pero yo ya había dejado de escucharlos. Volaba hacia atrás entre visiones de pesadilla. Pensaba en Irena, en su voz, en su olor.
En su cara tersa de muñeca china.
Extrañas pervivencias blog del autor para que lo puedas seguir leyendo