Martes 25 de julio del 2017


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19/04/2011 :: NOTA
Poesía es otra cosa
Homenaje a Javier Adúriz
Escribe: Diego Formía. Presentación (reescrita) del libro Esto es así de Javier Adúriz en el marco del 4° Encuentro Aguante Poesía – octubre de 2010 – Río Cuarto.




Poesía es otra cosa

El pulso posclásico

Antes de hablar del libro Esto es así y de su autor, es imposible no hablar del posclásico, porque es Javier Adúriz, autor de este libro, quien traza este mapa de la poesía argentina por fuera del neobarroco y el objetivismo, que fueron las perspectivas con más adhesión para escribir, leer, entender y dar un sentido a la poesía argentina desde la salida de la dictadura hasta esta parte.
Adúriz parece advertir un “pulso”, una “energía”, en su manera de escribir, leer, entender, pensar y sentir la poesía -a su poesía y cierta poesía argentina escrita desde los años `20 hasta la actualidad - que no permiten filiación alguna al neobarroco (a su exotismo y a su técnica para cromatizar, a su léxico desbordante, a su apuesta lúdica y musical) ni a su contrapunto, el objetivismo (con su austeridad y claridad semántica, su léxico llano, su tendencia a describir y al mismo tiempo su propuesta de precisión).

Como primera medida el posclásico libera a la poesía de los condicionamientos “externos” del lenguaje porque, como dice Adúriz en su ensayo Posclásico, una aproximación* (1) , “no se trata de observar el fenómeno desde el lado exterior con todo lo interesante que esto resulta ser, es otra cosa – y lo repite como una resonancia - otra cosa... habría que distinguir el pulso que maniobra por debajo, sumergido en la entraña: cuando la pulsión general de escritura, aquella que conocen todos los poetas, se transforma en instinto particular, y motoriza el habla del poema hacia la configuración de un equilibrio dinámico, ajeno a simetrías.”
Entonces el posclásico se centra en la energía que lleva consigo la materia lenguaje, en ese impulso que deviene escritura. También advierte que esa carga de energía que nos viene con la lengua proviene de un pasado que se hace presente y que esa energía debe liberarse –y aquí reside la apuesta de vanguardia del posclásico- de cualquier condición del lenguaje.
Esta propuesta parece decirnos que al momento de escribir poesía no es propicio que pongamos el carro-lenguaje por delante de ese caballo-fuerza que es la poesía, que la pulsión vital es la que encontrará en el lenguaje -con todo sus planos, figuras técnicas y capacidades- un conductor de ese impulso para un decir más rico, potente y liberado. Es la fuerza la que ira proponiendo si el carro tiene que ser de zapallo o una carroza de oro, desbordado o austero, hermético o claro. La pulsión hace fuerza y produce lo que Adúriz llama “una voladura de tejas”. Esa pulsión rompe con las formas porque es la que está “deseosa de supervivencia” y en la escritura se hace presente.

Mis todos los otros

Lo primero que me atrajo de Adúriz es su propuesta de ir hacia un otro. Lo tomo en un principio como una propuesta lógica que luego, con una lectura más detenida del autor, se me corre la cortina racional para entender una cuestión más profunda: ir hacia el otro, hacia un otro, a lo otro, es una pulsión irrefrenable en Adúriz. A través de ese impulso se entiende la capacidad notable del autor de hacer sonar en su voz un sinnúmero de voces, a las cuales les crea escenarios, geografías y culturas mestizas que pierden total pureza; “como sucede en nuestra mente”, señaló el autor en una entrevista *(2), caprichosa-mente. Incluso las puede hacer dialogar en un mismo poema, proponiendo su arte como un espacio de diálogo y de encuentro en todo sentido, incluso en sus formas, como en el caso de los poemas ¿Me bendice? y Esta es la casa*(3), que son anteriores a Esto es así. De esa manera se entiende que el haiku japonés se vuelve gaucho y se transforma en un “ahijú” en los poemas de Esto es Así y en otras publicaciones del autor. Así también se entiende que el autor haga sonar la voz de Fierro en el desierto en el poema “Monte, monte ese caballo” *(3) y luego, podamos escuchar la voz irónica del maestro Tzu Mei que contesta a Wang su pedido de bendición en un bosque asiático en el poema ya nombrado ¿Me bendice? . La recuperación del otro en uno mismo, de tantos otros en uno mismo, en representaciones, personajes o espejos como conciencia de que nada permanece, incluido el ser… (Escribo esto tratando de entender a Adúriz y pienso, caprichosa-mente: claaaro, hoy al Ser te lo venden en yogurt).

Eduardo Milán, en su libro Resistir. Insistencias sobre el presente poético (habría que agregar Latinoamericano) habla de la poesía de lo errático y del poeta como un vagabundo que es hablado. “El poema como errancia significa el fin de la dependencia de la poesía respecto de la realidad. Sin lugar, sólo queda el poeta derivar o, en términos de Gilles Deleuze y Félix Guattari, “devenir”, ser otra cosa, ir de identidad en identidad, estar en movimiento continuo. El poeta pierde identidad en ese vagabundeo interminable y el poema pierde al titular de su habla. Ya no hay identidad: hay identidades. Ya no hay una realidad que obedecer: hay realidades y todas intercambiables según el punto en que se encuentra el poeta en esta verdadera fuga de un centro ausente. En otras palabras, el poema se vuelve inubicable en cualquier realidad e inubicable en cualquier tradición, ya no puede ser situado y por lo tanto canonizado, mas allá de su especificidad que es ese mínimo territorio que lleva consigo. La pregunta que se deriva de todo esto podría ser: ¿no implica este movimiento un gesto de renuncia radical al mundo y a la idea de la poesía como una posibilidad de alterar la realidad? La respuesta, en la que personalmente creo, parece ser la contraria: en ese perpetuo movimiento lo que se trata de hacer es abarcar la mayor cantidad de realidades, la mayor cantidad de mundos. Y lo más importante: en ese recorrido espacio-temporal hay un decir implícito de recuperar una tradición. En ese efecto de anamnesis, de “recuperar en el recuerdo”, reside la diferencia más notable de la poesía actual respecto a la de su pasado finisecular. No una recuperación gratuita, un calco del pasado de ciertos momentos estéticos, como si no hubiera habido tiempo de por medio. Una recuperación del pasado según este ahora: una presentificación. Con esta salvedad: la validez de ese pasado recuperado para este presente dependerá no sólo de la claridad teórica sino del nivel performativo, de realización, del poeta. Esto parece indicar que, más que el fin o la muerte de toda idea utópica, se trata de una entrada en una nueva utopía más verdadera.” (Eduardo Milán)

A todos los otros de Adúriz se le suma uno más: la manifiesta preocupación del autor por la recuperación del otro lector de poesía. En la revista La Guacha *(3), Adúriz nos dice al respecto: - El entrevistador, dice: cuando la literatura se refiere a sí misma se vuelve… Adúriz se adelanta y cierra la idea: “… el punto peor del narcisismo.” Y desarrolla esta idea: “Es como la forma del Narciso. La literatura necesariamente busca un lector, busca otro. Y esta palabrita no es inocente, es yo soy un otro de Rimbaud. Es el otro oscuro que está dentro de vos, es eso y más, es el otro, es con el otro. La literatura es el otro, el doble, el armado, esa especie de yo experimental: una ficción. (…) Ponés en funcionamiento algo que está en el fluido, en la energía de la lengua, que nos comunica decididamente. (…) Creo en buscar esa energía general que nos pone en contacto. (…) Frente a la hoja, cualquiera que se dedique a la escritura puede escribir y tiene derecho a hacerlo; ahora, la literatura empieza precisamente con esa especie de compañía que siente el lector. (...) Hay que encontrar al lector sin ningún tipo de concesión a la literatura de consumo, al best-sellerismo. (…) La primera reacción ante el hecho de que los poetas somos poco leídos aparece siempre señalado que el problema es el otro: las editoriales, los medios, la educación, el lector. A mí, no obstante, me parece que es exactamente a la inversa, hay que escribir al lector.”

Esto es así, nada es así

En un primer golpe de sentido, el título Esto es así parece contraponerse radicalmente al título de su libro anterior, La verdad se mueve. Pero inmediatamente cuando se lee la solapa de Esto es así el autor nos advierte de la ironía que encierra el título. Lo que sucede es que desde el vamos el poeta apuesta al humor, uno de los recursos que evidencia su poesía en las últimas obras: por medio de fraseos, personajes absurdos, contextos disparatados y desopilantes provoca la risa con un sarcasmo hondo e inteligente.

Esto es así, entonces, como así mismo advierte el libro en la solapa, nos dice: “Nada es así. Nunca nada es como se cuenta.”
El primer poema de los 38 del corpus, nos propone un viaje a través de un cuaderno imaginario que ha sido comenzado en el año 65 (quizás por esos años el poeta comenzaba su travesía literaria) y esta propuesta, que llega “ a la hora del despojamiento” (que el mismo autor dio la clave en el Aguante Poesía, se trata del Conocimiento, específicamente) se propone a través de un texto en prosa que llama la atención porque se cierra, luego de un espacio en blanco de la hoja, con un haiku, o la adaptación gaucha de Adúriz, un “ahijú”.

El libro mantiene esa constante en su construcción que resulta extraña, inquietante, y creo, ese contrapunto de escritura (el largo y la continuidad en el caso de la prosa y la minima expresión del haiku) generan una tensión donde se libera poesía en esta propuesta llamada Esto es así; para decirnos que nada es tan así.

En la primera parte del tercer poema, el yo poético dice “Crease o no, viajé durante años a dar clases a la Universidad de Morón disfrazado de Profesor de Historia Medieval. Cada sábado veía a los edificios de mi ciudad achaparrarse. Y no bien me abandonaba al traqueteo de las ruedas y las vías, me perdía en el espectáculo de los vendedores ambulantes. Era un día ciertamente mágico y con bordes de brusca belleza....”
Como vemos, mientras viajamos con este personaje, en este tren, aparece eso insondable que da bordes de brusca belleza a la realidad (Adúriz de hecho fue profesor de historia medieval en la Universidad de Morón), en un contexto de urbe hecha, como caracterizará un poema posterior de la serie, “de civilización indiferente”. Acá hay otra constante del libro: la construcción de un verosímil que se distorsiona, la vivencia personal que se vuelve hacia algo mágico, esa sensación que la vida real viaja en un sueño y se transforma en buena madera para la combustión creativa, para la imaginación. “La verdad se mueve, es un tejido efímero.”

El haiku del primer poema nos dice: “a cada paso /vas hundiendo los pies/ en otra carne.” El yo se compenetra con lo otro, con lo que lo rodea a partir de un ser desdibujado, que se esfuma a cada paso. Cito: “Ni el que habla ni el que escribe se refieren a alguien.” Y aparece “el hombre de dos cabezas”, un espacio dialógico que podríamos ilustrar con el que escribe la prosa y el (otro) que escribe el haiku para producir un diálogo extraño; una retórica abierta a partir de la conciencia de que también entra en juego una cabeza más, el lector.

Quizá en una cabeza el porteño y en la otra el hijo del inmigrante español, en el cielo de una capital que se organiza a retazos, capital de un país que no existe, sólo existen grandes ciudades que, cito, “agitan aquella misma pulsión por ser” (…) “pujan por encontrar un destino ajeno a Buenos Aires” (…) “una suma de soledad y de orgullo que nos desgarra a todos.” En este sentido, uno de los haikus suena como “una plegaria sin religión”: “un país por favor/aquí y ahora.”
En un momento del viaje (que no tiene paradas más que los silencios contemplativos que producen los haikus) nuestra querida “Señora” se vuelve un club; cito: “miles de jóvenes entran por la ventana y los vitalicios resisten atornillados en sus sillas”, en torno a la Señora se enciende “una discusión grotesca”, “todos aplauden y se odian”, y “el momento termina con un redoblante en la cara de todos".  

“¿Pero fuera del club, qué? Se pregunta Adúriz en una entrevista * (2): “Creo que la poesía es un bien social, una compañía inteligente, tal vez el idioma más alto.”, contesta. En este sentido, Esto es así nos dice: “Una plegaria sin religión para que la literatura (como el país) exceda el concepto de la compañía, de la pura conversación inteligente. Se vive por lo visto tejas abajo, en el zaguán oscuro donde se urden las palabras.”
Cito a Esto es así: “Hay que dirimir la naturaleza de lo poético, se dijo. Quizás de la naturaleza nomás. Lástima que ahora mismo el viento sople con fuerza y el velero haya resuelto escorarse en la mitad del río…”

A modo de cierre

Ayer (que es hoy) Adúriz vino a Río Cuarto (hago referencia al Aguante Poesía del 2008) y le dijo a un amigo en medio de una conversación, a Pablo Dema, le dijo: “...pero no hablemos de mi, hablame de vos.”
Esta vivencia, que hago presente de ayer y que se hace mañana hoy en el registro, es un hecho verosímil que se me distorsiona como sucede con las vivencias del autor de Esto es así. Una vivencia que se vuelve hacia algo mágico, un hecho real que es buena madera para la combustión imaginaria, algo que puede volverse una clave en medio de mi cultura del yo persistente, repetitivo y solo, de mi “miopía de poeta” bajo la línea del “neobarullo”.
La resonancia de aquel “no hablemos de mi, hablame de vos”, lo relaciono de manera caprichosa con uno de los poemas de Esto es así: “Es como un canto, una tonada que otro va a llevar en el pecho por el resto de sus días. Una escena casi sin palabras. Sin perdón ni despedida, como algo que sucede para siempre…”. Entonces me digo que sí, que poesía es otra cosa, otra cosa… escapa siempre a las consideraciones estéticas, a las exclusivas perspectivas literarias.

Bibliografía

• Adúriz, Javier: “Posclásico, una aproximación”, en Tres décadas de poesía argentina 1976 – 2006, Libros del Rojas, Buenos Aires, 2006, pp. 75 – 89.
• www.losandes.com.ar: “La vida en las palabras”. Entrevista de Augusto Munaro
• Revista de poesía La Guacha: “La revuelta del Posclásico” Año 8 – Nº 22 – Septiembre del 2005.
• “Resistir. Insistencias sobre el presente poético”, de Eduardo Milán. FCE, México, 2004.

Datos del Autor

Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948) es autor de ocho libros de poemas: Palabra sola (1971), En sombra de Elegía (1979), Solos de conciencia (1985), Égloga brusca (1993), La Forma Humana (1999), Canción del Samurai (2004), La verdad se mueve (2008) y Esto es así (2009). Se considera un posclásico. Publicó la antología “Vámonos con Pancho Villa y otros poemas en la revista “Omero”. Es autor de ensayos sobre poesía argentina y versiones de poetas ingleses para la colección Traducciones del Dock, que él mismo dirige. Recibió los premios Iniciación Nacional y dos veces el del Fondo Nacional de las Artes. Falleció en la ciudad de Buenos Aires el jueves 21 de abril de 2011.

Cinco poemas del libro Esto es así

(Fragmentos)
Ayer a la tarde resolví convertirme en un peregrino del cielo y salir a caminar por los pasillos de dios. Principalmente porque llegó la hora del despojamiento. Me refiero a esa especie de afán de dar un paso y otro y otro, en busca de mis vagas certezas. De ahí también, el hecho oportuno de elegir los ahijú como vehículo de la percepción. Me dije: cada verdad ocasional debe ser anotada en este cuaderno que me regalaron en el año sesenta y cinco, aunque los fragmentos vengan del silencio y no hallen más validez que la de su propio enunciado… Sí, maltrecho lector: seamos viajeros de la eternidad.



A cada paso
Vas hundiendo los pies
En otra carne

(……………………………………………....)

Pero no es una cuestión de principios lo que aquí atraviesa, sino las correspondencias de la imagen con un espacio privado. No parece haber religión por estos parajes, aunque a veces exista la plegaria. Tampoco civilidad y menos, instinto nacional. ¿Qué va a ser de mí, cuando tire el cuaderno por la ventanilla? Si la literatura no excede el concepto de la compañía, de la pura conversación inteligente. Se vive por lo visto tejas abajo, en el zaguán oscuro donde se urden las palabras.



Habla y habla
Entre sueños
Igual se miente

(……………………………………………)


El punto quizás sea dirimir la naturaleza de lo poético. Por eso ingreso sin querer en el gabinete del “hombre de dos cabezas”. Caramba, me digo, y me hallo notoriamente inquieto. El hombre tiene justamente dos cabezas, como dos balones y no es chiste, aparte de que dialogan bastante raro entre sí. El sujeto profesa un narcisismo insoportable. Ahí es cuando me pierdo, en el instante en que ambas caras se entregan a discutir consigo mismas la valía del Preste Juan. Fetén, fetén, exclamo, y me retiro – como decían los viejos – en los pies de un trote.



Quietud. Los autos
No dejan de pasar
Por la avenida

(………………………………………..)

A esta altura el yo profiere apenas un espesor de lenguaje, maniobras de acercamiento. Hay una distancia considerable entre decir yo y escribir el yo. En el habla, se pliega reactivo frente a las acechanzas atávicas de lo real. En la letra se vuelve construcción, virulencia imaginaria… Si yo fuera rico, menciona la tonada. Si yo fuera rico, no sería quien soy, sino otro tipo de fantasía más abocada al poder, al consumo, a la vanagloria, preveo. Discurso sobre el discurso: ni el que habla ni el que escribe refieren a alguien.



Muy buenos días
Muy buenas tardes
Esperando a Godot

(……………………………………..)



De improviso el clima en el club se enrarece. Los jóvenes ingresan de a miles por las ventanas, pero el sector vitalicio resiste atornillado a las sillas. Que se sepa, la discusión es grotesca. Se declara abierta la sesión, proclama uno con cara de administrador de algo. Todos aplauden y se odian. Anote, escribano, digo. No anoto nada, recalca un anciano escupiendo con furia las palabras. Bien, entonces escriba. Dos puntos: Echeverría, Mansilla y Hernández. Sarmiento, Cap y Sivo. Corbatta, Pizzuti, Pereiro, Giannuzzi y Belén. Desde las tinieblas alguien irrumpe moviendo la mano: Aguante el posclásico, viejita. Pero el momento termina con el redoblante volando hacia la cara de todos.



Este paisaje
Tiene algo irreal
Todo está vivo


(………………………………)
 


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